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jueves, 10 de junio de 2010

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Desde el ojo del huracán:

El lado oscuro de America en perspectiva

(Actualizado el 10 de junio de 2010)

Por Shodai J. A. Overton-Guerra

(Nota al lector: Este artículo es una obra en progreso y bajo actualización periódica.)

“Si el narcocomercio de por sí, es decir, salvo la violencia que su ilegalidad genera, no es mayor crimen contra la salud pública que la prostitución, la comida rápida, y es mucho menor que el alcohol o el tabaco, y si las leyes contra el narcotráfico se aplican principalmente como herramienta de subyugación racial dentro de los EE.UU., y como estrategia colonizadora fuera de los EE.UU., entonces el latino o el negro encarcelado por estas leyes no es un criminal, sino un preso político.

Una ley injusta, o una ley injustamente aplicada, no es una ley sino una herramienta para la opresión de un pueblo y para la violación de sus derechos esenciales. Su aplicación por el estado no surge de esa base moral indispensable para la legislación de cualquier sociedad libre, justa, e igualitaria, sino de la abusiva imposición de la fuerza bruta, herramienta fundamental del despotismo que tanto ha azotado a los pueblos de las Américas, los EE.UU. inclusive y principalmente.

Todo individuo tiene el derecho, por los estatutos universales del convenio social y por la naturaleza esencialmente libre del ser humano, de rehusarse a acatar o a cumplir con dicha ley de igual manera que tendría el derecho, y la expectativa, de no reconocer la potestad de una fuerza invasora a la patria, ni a colaborar con sus operativos subyugantes. Este es el “Manifiesto de Emancipación del Pueblo Subyugado” por la legislación injusta de las fuerzas opresivas gubernativas, patrias o extranjeras. Ciertamente, en un país democrático, igualitario, y justo el gobierno debería temer al pueblo, y no el pueblo al gobierno. El pueblo libre es el que se hace oír, respetar, y si es absolutamente necesario, temer por su gobierno.”

- La bitácora de Shodai

INTRODUCCIÓN:

La actual “guerra contra el narcotráfico” propiciada por los EE.UU. es un fenómeno político-judicial-militar-económico que prácticamente define a nuestros tiempos. Es una “guerra” que carece de sentido desde el punto de vista de la protección de la salud general de la población americana, de hecho, las muertes anuales por el alcohol, y no digamos por el tabaco, sobrepasan ampliamente al número de mortandades ocasionadas por las drogas ilícitas cada año. Tampoco es una guerra en la cuál los EE.UU. pueda declarar una victoria perceptible a pesar de los centenares de miles de millones de dólares gastados, ya que la droga ilícita es tan usada por, y tan asequible al pueblo americano como nunca. Ni siquiera es una “guerra” que no resulte en un tremendo gasto económico ante todo comparado a otras soluciones como serían la legalización, el tratamiento, y la prevención combinados; de hecho los EE.UU. tiene el ejemplo de los efectos socialmente desestabilizadores y políticamente corruptores de la prohibición del alcohol durante la Ley Seca del "Acta Volstead,” entre los años 1920 y 1933.

Y sin embargo, a pesar de que no protege al público americano de un peligro más pronunciado que el de su propia pereza y estupidez, a pesar de que no se haya disminuido el flujo de drogas en las calles americanas, y a pesar de su tremendo costo, los EE.UU. sigue persiguiendo un política interior y exterior enfocada en la persecución selectiva de algunos de aquellos individuos involucrados en todo aspecto del cultivo, manufactura, transporte, distribución, venta y consumo de estos productos – y todo sin importarle en lo más mínimo el daño colateral social y cultural que eso acarrea. Sería un ejemplo de tremenda estupidez, y de lo absurdo del mundo, si no tomáramos otra perspectiva y nos preguntáramos: “¿Quién sufre, desproporcionadamente, este tremendo daño colateral? ¿Quién podría beneficiarse, y por qué, del perjuicio consecuente?

Al contemplar las respuestas pasamos de la aparente estupidez de la “guerra contra las drogas,” a la clara y evidente maldad detrás de la criminalización del narcocomercio, una malevolencia que se manifiesta tanto en la política interna como en la externa de los EE.UU.

La evidencia de las intenciones nefastas en cuanto a la política interna de los EE.UU. respecto a las minorías de color se obtiene revisando las estadísticas que demuestran la desproporción racial de a) los arrestos, b) los encarcelamientos y c) la severidad de sentencias, sobre todo d) en el contexto del racismo institucionalizado de la cultura angloamericana presente desde el genocidio de la población indígena y manifiesta en la esclavización y segregación del afro-americano.

El encarcelar y criminalizar a porcentajes significativas de las poblaciones negras e hispanas, las dos minorías de color dominantes, impactan a sus comunidades creando una cultura repleta de autodesprecio y autodestrucción que contribuye a mantener la hegemonía socioeconómica y política de la raza blanca. Pero también tiene otro “beneficio colateral” para disminuyente mayoría blanca: la privación del derecho del voto a un número creciente de convictos de la guerra contra la droga. Efectivamente, en la mayoría de los estados de los EE.UU., individuos convictos de felonías pierden, temporal o incluso permanentemente el derecho de votar; en la actualidad, por ejemplo, 1.4 millones de hombres afro-americanos, el 13% de todos los hombres negros, están privados de los derechos del voto,[1] y estas cifras solamente son la punta del iceberg. El efecto a medio y largo plazo es la creación en la sociedad americana, de toda una casta de negros e hispanos de “ciudadanos de segunda categoría,” sin herramientas sociales, o psicológicas, para sonsacarse de ciclos generacionales de miseria, sin educación para mejorar su situación socioeconómica, y sin representación política para imputar asistencia gubernamental; una casta reminiscente a la población negra de los tiempos de la esclavitud y de las leyes de segregación vigentes en algunos estados hasta mediados de la década de 1960.

La evidencia de la maldad de los EE.UU. en cuanto a política externa está en el hecho de que los EE.UU., en cuanto a las consecuencias social, política, y culturalmente desestabilizadoras de la guerra contra las drogas operan con la experiencia de una situación casi idéntica que libro en sus propias fronteras contra el alcohol y que abandonó por el daño colateral a su país. Es decir, los EE.UU. operan con la sapiencia del daño que causan en países como México, Colombia, Jamaica, etc. con el objetivo, deliberado, calculado, diseñado, de desestabilizar a aquellos países de acuerdo a sus propios intereses o a los de las corporaciones multinacionales que en realidad representan.

LA PRIMERA REGLA DE LA GUERRA: SABER PARA QUÉ SE LUCHA

La primera regla para cualquier individuo dispuesto a punir a otro debería ser, “¿por que?”. Es decir, previa a cualquier acción penal o militar, y sobre todo parte del país supuestamente defensor y propagador de los valores de la libertad, de la igualdad, de la justicia, y de la democracia, debería ser el proceso intelectual en función a las siguientes preguntas: “1. ¿Cuál es el propósito o el fin de mi acción?” seguido de “2. ¿Se justifican los medios?” Son preguntas lógicas, racionales, objetivas, pero que no entran lo suficiente ni en el discurso lógico, ni racional, ni objetivo de la política de cualquiera de los países afectados o involucrados en la “guerra contra las drogas.”

El aparente propósito o justificación de la “guerra contra las drogas” es la protección de la sociedad americana contra una serie de productos nocivos para su salud pública. Dado ese propósito, que viene a ser el único que uno pueda imaginarse, ahora queda justificar los medios, y los costos materiales y humanos en función de los mismos. El problema, cuando uno lo analiza de esta forma – lógica y racionalmente – es que en el caso de la guerra contra el narcotráfico, el fin no solamente no justifica los medios, sino que el fin es completamente absurdo en base a las mismas estadísticas del gobierno americano: ¿Acaso los narcóticos ilícitos son más nocivos para la salud que el tabaco o el alcohol? Con esta pregunta no estoy abogando por los beneficios del consumo o del tráfico de los narcóticos ilícitos, simplemente estoy poniendo en tela de juicio el énfasis que se ha puesto en su persecución. Sí estoy, no obstante, completamente en contra de la hipocresía con la cual se envilece este consumo y comercio puesto que está en completa desproporción a los que las cifras que el gobierno mismo de los EE.UU. presenta sobre los efectos nocivos de drogas como la marihuana para la sociedad, ante todo con respecto a muchísimos otros productos de consumo cotidiano y regular.

Veamos: más de 435,000 personas mueren cada año en los EE.UU. por enfermedades directamente asociadas con el uso o consumo del tabaco[2] con un costo social de $167 mil millones de dólares anuales.[3] Ignoremos de momento la clase de preguntas indiscretas como, “¿por qué se permite el consumo del tabaco?” o “¿por qué no tenemos un ‘guerra contra el tabaco?” y enfoquemos en algunas cifras relevantes e iluminadoras. Un estudio, por ejemplo, publicado en 2004 por la Asociación Médica de America (AMA) y titulado “Actual Causes of Death in the United States, 2000 (Causas actuales de muerte en los EE.UU., 2000) se resume en la Tabla 1. El mismo estudio reporta que el uso ilícito de todas las drogas, legales e ilegales, ocasionaron 17,000 muertes ese año, mientras que el alcohol ocasionó otras 85,000 (Tabla 1). Si hacemos un calculo rápido en cuanto a la proporción de muertes ocasionadas por el tabaco en relación a las atribuidas al abuso de todas las drogas, legales (de receta medica o de farmacia sin receta) e ilegales (cocaína, crack, heroína, metanfetamina, marihuana, etc.) combinados, vemos que el tabaco fue responsable por 25.6 veces más mortandades ese año que todas las drogas juntas (¿y por qué no tenemos un ‘guerra contra el tabaco?). Cuando aplicamos el mismo cálculo aplicado a la relación de muertes por alcohol con respecto a las drogas combinadas, vemos que el alcohol ocasionó un número de defunciones 5 veces mayor en el año 2000 que todas las drogas, licitas e ilícitas, juntas (véase Recuadros 1 y 2).

Si buscamos una justificación racional a la “guerra contra las drogas” basado en el daño impedido a la sociedad americana o al consumidor que la compone, no lo vamos a encontrar en términos relativos a la salud pública; mucho menos en términos que justifiquen el costo económico, social, político, cultural de la misma. McDonald's, Coca Cola, y toda la industria de la “comida chatarra” que contribuye a la tensión alta, la obesidad, el sobrepeso, el colesterol elevado, la glucosa sanguínea elevada, etc., fueron responsables por al menos 1,373,000 muertes en el año 2009 (Tabla 3). Otros 191,000 americanos murieron por falta de actividad física, contribuida sin lugar a dudas por la industria del entretenimiento electrónico incluyendo la televisión. Si agregamos las causas del uso del tabaco y del consumo del alcohol, la inactividad física y los malos hábitos alimenticios en general, casi dos millones de americanos murieron ese año (1,978,000) – y todo por el resultado de ejercer su libertad (léase estupidez) de elección en cuanto a su estilo de vida, incluyendo sus hábitos alimenticios: murieron porque optaron por ser estúpidos, y no hay nada que el gobierno pueda – o quiera - hacer al respecto. Sin embargo, al final de la Tabla 2 vemos algo que debería resultar tremendamente inquietante para el lector de consciencia: la marihuana, la causa del mayor número de arrestos relacionados a la droga en los últimos 15 años (Gráfica 1), es responsable directamente por 0 mortandades en el año 2000.

De hecho, si profundizamos un poco más en los supuestos efectos letales de la marihuana comparada con otras 17 drogas comunes y autorizadas por la FDA americana (Tabla 4), vemos que en un periodo de 8 años, entre 1997 y 2005, la marihuana fue causa directa de 0 muertes y la causa indirecta (en asociación con otros agentes) de 279, mientras que 17 Drogas Legales combinadas causaron directamente 10,008 muertes en ese periodo y fueron implicadas indirectamente en otras 1,679, para un total de 11,687 muertes. Marcador final: Marihuana 279; “17 Drogas Licitas” 11,687.

Siguiendo la misma línea de “travesura intelectual,” cabe preguntarse, ¿cuanto cuesta, en términos monetarios, el daño ocasionado por las enfermedades y muertes provocadas por el tabaco? Veamos:

Gastos económicos anuales atribuibles al fumar tabaco adultos y bebes - EE.UU., 1995-1999[4]

Componente del Gasto:

Total (en millones de $ USA)

A. Gastos Adultos:


I. Costos anuales en pérdidas de productividad atribuibles al fumar, 1995 – 1999


Hombres

$55,389

Mujeres

$26,483

Total

$81,872



II. Gastos médicos atribuibles al fumar, 1998


Cuidado ambulatorio

$27,182

Cuidado hospitalario

$17,140

Drogas de receta

$6,364

Sanatorios, casas de reposo

$19,383

Otro cuidado

$5,419

Total

$75,488



Total gastos adultos




B. Gastos infantiles - Gastos médicos de bebes atribuidos a fumar, 1996

$366



Gastos Totales

$157,726

El promedio anual del costo del vicio americano de fumar tabaco entre 1995 y 1999 fue de $157.726 mil millones de dólares por cada año. Fumar tabaco no solamente mató a más de 400 mil americanos al año, cada año durante ese periodo, sino que costó un promedio de casi $160 mil millones anuales en el proceso. Para el 2001 esos costos, calculados igualmente en términos de costos de tratamiento y pérdidas de productividad, habían ascendido ya a $167 mil millones de dólares anuales[5] - y continuaría ascendiendo: para enero del 2010 las cifras actuales (2009) eran de un total de $97 mil millones en costos de tratamientos y $96 mil millones en pérdidas de productividad laboral, para un total de $193 mil millones de dólares[6] atribuidas directamente al tabaco.

Continúo con mis travesuras intelectuales, sino es que netamente subversivas: ¿y el alcohol? Veamos:

COSTOS ECONÓMICOS DEL ALCOHOL: CIFRAS DE 1992 Y 1998[7] EN MILLONES DE DÓLARES

Componente del Costo

1992

1998

% aumento anual promedio

% aumento total en 6 años

Servicios y tratamientos alcohólicos especializados

$5,573

$7,466

5

33.97

Consecuencias medicas (menos SAF)

$11,205

$15,963

6.1

42.46

Consecuencias medicas de SAF

$2,042

$2,909

6.1

42.46

Perdidas de ganancias futuras debido a muertes prematuras

$31,327

$36,499

2.6

16.51

Perdidas de ganancias debido a enfermedades derivadas del alcoholismo

$68,219

$86,368

4

26.60

Perdidas de ganancias debido a Síndrome de Alcoholismo Fetal

$990

$1,253

4

26.57

Lost Earnings Due to Crime/Victims

Perdida de ganancias debido a crimen/victimas

$6,461

$10,085

7.7

56.09

Colisiones, incendios, sistema criminal judicial, etc.,

$22,204

$24,093

1.4

8.51

Total

$148,021

$184,636

3.8%

24.74%

Vemos que el (abuso del) alcohol tuvo un “Costo Económico Social” en 1998 superior a $180 mil millones de dólares, y que esto representó un aumento de casi un 25% con respecto a 1992. Aplicando la lógica de la “guerra contras las drogas,” ¿por qué no tenemos una guerra contra el alcohol? ¡Ah, claro! Los EE.UU. ya la tuvo y se rindió debido al tremendo costo en términos del crimen, de la corrupción de las instituciones sociales (políticas, judiciales, policiales, etc.), y de la desestabilización social y cultural que ocasionó en (sectores de la población de) ese país. Los EE.UU. concluyeron que continuar una guerra contra el alcohol en sus propias fronteras era peor remedio que la enfermedad; todo es cuestión de la perspectiva egocéntrica del interés propio. De nuevo, ¿a quién le perjudica y a quién le beneficia esta “guerra contra el narcotráfico”?

No vamos a encontrar una justificación para la guerra contra el narcotráfico en la defensa de la salud pública americana. Si abandonamos esa perspectiva, fomentada por elementos propagandísticos del gobierno americano y propiciados por unos medios de información poco informados y aun menos informativos, podemos tomar una perspectiva más analítica: ¿Quién se perjudica y quien se beneficia de la ilegalidad de las drogas en los EE.UU.? Eso promete dar en el blanco, o mejor dicho en el color de la situación.

¿Y la marihuana? Por razones obvias estadísticas del gobierno americano que separen los costos médicos de los criminales de la marihuana son difíciles de obtener. Canadá que registró en el 2004 el mayor índice de consumo mundial de cannabis por habitante[8] y donde el debate político de la penalidad delictiva de la marihuana indica un fin próximo a la criminalización de la misma,[9] nos ofrece unas cifras interesantes en cuanto a los costos relativos de la salud y de la criminalidad del tabaco, del alcohol, y de la marihuana (cannabis)[10] por año:


Costos de Salud por persona

Costos de Ejecución Legal por persona

Cannabis

$20.50

$328.00

Tabaco

$822.26

$0

Alcohol

$165.11

$153.43

Recordando el número insignificante de mortandades atribuibles a la marihuana y combinándolas de momento con estas cifras canadienses, no vemos motivo alguno para justificar su criminalidad. No obstante, la marihuana sigue siendo la causa de más de dos de cada cinco de las detenciones policiales por drogas (43.9%) en los EE.UU.[11], y el costo de su persecución criminal anual es de aproximadamente $13.7 mil millones – esto no incluye los costos sociales de perdida de ganancias por encarcelamientos, etc.; de hecho, su legalización aportaría unos $6.4 mil millones en impuestos anuales a la hacienda pública.[12]

Para llegar a entender exactamente contra y a favor de qué y de quién se está librando esta ‘guerra’ veremos que los mayores beneficiados y los peores perjudicados se dividen por color, siendo los latinos y los negros los tremendos perdedores en cuanto a muertes, violaciones de derechos humanos, trauma psicológico y social, y corrupción de su identidad cultural. Veremos que en su esencia la “guerra contra las drogas” es una guerra de la superpotencia colonial angloamericana blanca para mantener su hegemonía ante una oleada de insurgentes negros y latinos que amenazan con desequilibrar el status quo; una superioridad supuestamente divina que se capta en “In God We Trust” y que se expresa a través de la política del Destino Manifiesto, la Doctrina Monroe, el genocidio del amerindio, y de la esclavización y la subsecuente segregación del negro.

Para ubicarnos ante la realidad racista aún vigente en los EE.UU. consideremos un análisis del programa de “Stop-and-Frisk” (“Para-y-Registra”) del departamento de policía de Nueva York que fue llevado a cabo por la “New York Civil Liberties Union” o NYCLU (Unión de Libertades Civiles de Nueva York) y publicado el 26 de noviembre del 2007 por el ACLU (American Civil Liberties Union) [13]. Este estudio reveló que mientras que los blancos constituyen una mayoría de la población (3.6 millones, negros 2.2 millones), de las 867,617 personas paradas por la policía de Nueva York durante el programa antedicho y entre el 1 de enero del 2006 y el 30 de septiembre del 2007, solamente un 10.9% eran blancas – el resto eran negros (50.1%) (Gráfica 2) y latinos. Esto significa que solamente un 2.62% de la población blanca fue parada mientras que un 19.77% de la población negra se ‘ganó’ el mismo tratamiento (Gráfica 3). Resultó ser que el perfilamiento racial está en líneas equivocadas: la población blanca era más delictiva que la negra, ameritando arresto un 11.72% de los paros, mientras que para los negros era solamente un 7.37% de los paros; es decir, en base a las estadísticas de porcentaje de arrestos por cada 100 parados, los blancos deberían ser perfilados y no los negros (Gráfica 4). Asimismo, el NYCLU que reporta sobre otro estudio con respecto al mismo programa de policía y con data del 2006, indicó que la policía hizo uso de fuerza (uso de esposas, desenfundando un arma, etc.) 50% más veces con negros y latinos que con blancos y que el 45% de los negros y de los latinos parados fueron además registrados, mientras que solamente un 29% de los blancos tuvieron el ‘placer.’[14]

El 9 de septiembre del 2008, el fiscal del distrito de los EE.UU. en Manhattan ordenó a la policía de Nueva York a entregar toda la data sobre su programa de “Stop-and-Frisk” al “Center for Constitutional Rights” (CCR) (Centro de Derechos Constitucionales”), a razón de las denuncias por violaciones de los derechos civiles por parte del departamento. En un estudio más comprensivo llevado a cabo por dicha institución sobre la data del programa “Para-y-Registra” del departamento de policía de NY y correspondiente a data del 2005 y a la primera mitad del 2008, se descubrieron, entre otros, los siguientes datos:

[ Un total de 1,648,769 paros fueron llevados a cabo.

[ El 80% de los paros fueron realizados a negros y latinos a pesar de constituir solamente el 25% y el 28% de la población, respectivamente.

[ De los blancos parados, solamente un 34% eran también registrados, mientras que el 50% de los latinos y de los negros parados también fueron registrados.

[ La policía empleó fuerza física contra un 17% de los blancos comparado con un 24% de los latinos y de los negros.

[ En el 2005, un 10% de los paros fueron Blancos, un 29% Latinos, y un 50% Negros; en el 2006, un 11% fueron Blancos, un 29% Latinos, y un 50% Negros; en el 2007, un 11% fueron Blancos, un 30% Latinos, y un 50% Negros, y en la primera mitad del 2008, un 11% siguieron siendo blancos, un 32% Latinos, y un 50% todavía Negros (Gráfica 5). La discrepancia relativa a la población se ve en la Gráfica 6 con respecto a la data del 2006, 2007, y 2009 para cada grupo.

Si piensan que después de los análisis estadísticos publicados que la policía de NY escarmentaría, están trágicamente equivocados: Un editorial en la New York Times titulado “Lingering Questions About ‘Stop-and-Frisk’” (“Preguntas pendientes sobre ‘Para-y-Registra’”) del 18 de febrero del 2010 comenta que el programa de “Stop-and-Frisk” (“Para-y-Registra”) de la policía de Nueva York paró a un “numero record de 575,000 personas el año pasado – casi en un 90% negros o Hispanos”.[15]

Lo que las estadísticas del programa de “Para-y-Registra” del departamento de policía de Nueva York demuestran es el fenómeno del perfilamiento racial, toda una tradición entre las fuerzas policiales de los EE.UU. y que se manifiesta a todos los niveles desde las (supuestas) infracciones de tráfico hasta delitos mayores. Lo que demuestran el análisis de las estadísticas de las prácticas discriminatorias del departamento de policía de Nueva York, al igual que muchos otros análisis semejantes de otros estados y departamentos de policía, es que ciertamente y sin lugar a dudas, considerar objetivamente a los EE.UU. es analizar al racismo como eje central en torno al cual se han organizado todos los aspectos y todas las dimensiones de su estructura socio-política y cultural desde sus inicios hasta la actualidad. Entender al racismo en todas sus dimensiones es entender a los EE.UU., a la vez que entender a los EE.UU. es llegar a comprender hasta qué punto el racismo puede contaminar, pervertir, y distorsionar todas las instituciones de un país y de una cultura. En pocas palabras: no es posible entender ni la cultura, ni la política interior, ni la política exterior, ni la economía, ni la jurisprudencia, ni la religión, ni el deporte, ni la historia, ni esencialmente nada de los EE.UU. – y sobretodo no la “guerra contra el narcotráfico” – sin comprender el papel esencial que ha desempeñado, y que sigue librando, el lado oscuro del racismo de América.[16]

Numerosos estudios de la data de arrestos y encarcelamientos revelan las estadísticas racistas de la guerra contra el narcotráfico. Estudios de la data de la FBI realizados por la Human Rights Watch[17],[18], por ejemplo, demuestra lo siguiente:

  1. A nivel nacional, cada año entre el 1980 y el 2007 los negros fueron arrestados por cargos relacionados a las drogas de entre 2.8 y 5.5 veces más que blancos con respecto a su proporción en la población.
  2. Estado por estado en el 2006, negros fueron arrestados por drogas entre 2 y 11.3 veces más que blancos.
  3. Entre 1980 y 2007, el 63% de los arrestos por drogas han sido por posesión; esa cifra fue superior al 80% entre 1999 y el 2007. Esta cifra indica que la desproporción racial de arrestos es por políticas de perfilamiento racial semejantes a la de la policía de Nueva York con su programa de “Para-y-Registra.”
  4. Estos índices tan elevados de arrestos de negros no refleja una disparidad de delincuencia; las tasas relativas de consumo y de tráfico de drogas ilícitas entre blancos y negros son comparables.
  5. Esta disparidad de proporción de arrestos demuestra que los negros son los principales ‘blancos’, objetivos, en la guerra contra las drogas.

EN RESUMEN: las estadísticas de arrestos y encarcelamientos de negros con respecto a blancos no es causada por una diferencia en la delincuencia entre las razas, sino que demuestra una tremenda desproporción entre los arrestos, y entre las sentencias, efectuados contra negros respectiva a blancos[19]: la guerra contra el narcotráfico no es sino una guerra racial débilmente disfrazada.

Teniendo en cuanta lo antedicho, la mayoría del mundo carece de una perspectiva acertada sobre los EE.UU. en cuanto se refiere a la situación de las minorías de color que han poblado sus fronteras desde sus inicios como colonia europea. En gran parte esto sucede por ignorancia de la historia como una disciplina ‘actual’ que nos permite una comprensión más objetiva de dónde estamos, quiénes somos, y de cómo llegamos a ser y estar en este presente: El que ignora la historia se condena a que se repita con él.

Para los países de ‘color’ – los Iberoamericanos ante todo – es imprescindible comprender el estado actual de los segmentos marginados de la población estadounidense y cuales fueron las fuerzas que contribuyeron, si es que no forjaron, ese estado de marginalización, de alienación. Esto es aún más importante en el caso de países como Haití, la Dominica Republicana, México, Guatemala, Colombia, etc., por ser países íntimamente afectados a través de la Iniciativa Mérida o del Plan Colombia por la política exterior Americana. Entiendan lo que es y que ha históricamente sido para los individuos “no blancos” vivir bajo el dominio directo de los EE.UU. y comprendan por qué EE.UU. ha tratado a los ciudadanos de color de otros países no mejor que ha tratado, y sigue tratando a los suyos.

La actual “guerra contra el narcotráfico” sigue dañando, traumando, y cobrando vidas día a día, pero el daño colateral de esa guerra cobra un costo desigual tanto por dentro como por fuera de los EE.UU., y esa desproporción la sufren individuos de color, no blancos. Fuera de los EE.UU., en México por nombrar tal vez el país más en la consciencia internacional actual por las consecuencias inmediatas y diarias de la “guerra contra el narcotráfico,” los derechos humanos de innumerables ciudadanos están siendo violados a habitualmente y a consecuencia directa de una política impuesta por los EE.UU. – y en defensa de unos productos que ni siquiera suponen un riesgo primordial a la salud de los habitantes de su país. Ante tal derroche de vidas ajenas, o sea, no angloamericanas, ante tales violaciones de la humanidad de innumerables individuos de color, cabe preguntarse, ¿por qué estamos en guerra contra el narcotráfico? Simplemente porque el objetivo no está en erradicar, o limitar al narcocomercio, sino de tener un pretexto para fomentar la criminalización de las minorías negras y latinas dentro de los EE.UU., y de efectuar una desestabilización social, política, y cultural de las naciones negras y latinas fuera de los EE.UU. La guerra contra las drogas es una guerra contra el negro americano y contra el latino dentro los EE.UU., y contra el mexicano, el colombiano, el jamaicano, el haitiano, etc., fuera de los EE.UU. Es la esclavitud y Jim Crow, y el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe en otra forma y con otro pretexto.

HUMANIDAD Y CIUDADANÍA DENEGADAS: DE LAS CADENAS DE LA ESCLAVITUD (SIN VOZ) A LAS BARRAS DE LA PRISIÓN (SIN VOTO)

El primer artículo de la 14ª Enmienda de la Constitución de los EE.UU. lee así:

1. Todas las personas nacidas o naturalizadas en los EE.UU., y sujetos a la jurisdicción de los mismos, son ciudadanos de los EE.UU. y del Estado en el cual residan. Ningún Estado hará o impondrá cualquier ley que limite los privilegios o las inmunidades de los ciudadanos de los EE.UU.; ningún Estado tampoco privará a cualquier persona de vida, libertad, o propiedad, sin el debido proceso de la ley; ni tampoco denegará a cualquier persona en su jurisdicción la igualdad de protección de las leyes.

Muchas personas en el mundo admiran a los EE.UU. en atención a su imagen del país amante de la libertad y de los derechos humanos, valores que asumen surgen de la Constitución estadounidense creada el 17 de septiembre de 1787 y ratificada el 21 de junio de 1788. Lo que no conocen es el legado del racismo institucionalizado de un sistema jurídico fundamentalmente consignado a ser injusto para y con el ciudadano de color; tampoco conocen la historia del sacrificio humano tras las primeras diez primeras enmiendas de la Constitución, (que se conocen como la “Carta de Derechos”) y otras como la 14ª citada anteriormente. En este articulo haremos breve referencia a esa historia con el fin de que el lector la tenga bien presente a la hora de comprender cuál es, en realidad el beneficio obtenido para el sistema sociopolítico americano al instituir una “guerra contras las drogas,” una guerra en la cual las principales ‘victorias’ para los EE.UU. se miden en los números de Negros y Latinos encarcelados – o peor.

EL SUFRIMIENTO QUE EL ODIO GENERA:

En la mayoría de los casos y bajo la mayoría de las circunstancias ser una minoría de color en los EE.UU. es sufrir un hándicap social, legal, y económico. Históricamente y socialmente los EE.UU. son y han sido un ambiente hostil para las minorías de color. El director de la Dirección General de Protección a Mexicanos en el Exterior, Daniel Hernández Joseph se quejó al gobierno americano durante la XXI Reunión de Embajadores y Cónsules de México por la oleada de “violaciones graves a los derechos humanos” cometidas en los Estados Unidos y llevados a cabo “con un factor común: los responsables han sido servidores públicos de ese país, en su mayoría agentes policíacos”. El director Hernández Joseph añadió que algunas “autoridades estadounidenses avivan prácticas ‘denigrantes e inaceptables’ contra mexicanos y ciudadanos de otros países latinoamericanos, que se traduce en decenas de casos documentados de abuso en los últimos años.”[20]

El director Hernández Joseph a su vez citó las mismas estadísticas de la FBI que corroboran un aumento de crímenes de odio contra los Latinos de más de un 40% en la última década.[21] Un artículo de la Southern Law Project titulado “Anti-Latino Hate Crimes Rise for Fourth Year in a Row” (“Crímenes de odio contra Latinos suben cuarto año consecutivo”), también cita las estadísticas proporcionadas por la FBI[22] que indican un alza del 40% desde el 2003 al 2007 de crímenes de odio contra Latinos en los EE.UU. (Gráfica 7).

Un artículo reciente de CNN titulado “Small town killing puts focus on crimes against Latinos[23] (“Asesinato en pequeña ciudad pone atención en crímenes contra Latinos”) con respecto a la recién matanza racialmente motivada de un inmigrante Hispano por parte de jóvenes blancos en Shenandoah, estado de Pensilvania, pone todo esto en perspectiva:

El odio es parte de nuestra cultura,” dijo Jack Levin del Centro Brudnick de Violencia en la universidad de Northeastern . . . Trasciende generaciones, está ampliamente compartida, y se aprende desde muy temprana edad . . . Hasta personas, de otra manera decentes y honorables pueden ser absorbidas en ella.” Jack McDevitt del Instituto sobre la Raza y la Justicia de la universidad de Northeastern dijo: “Todos llevamos perjuicios por dentro, y no es el monstruo extraordinario el que decide actuar de acuerdo a él. Generalmente hablando, es más bien alguien como nosotros mismo o nuestros hijos que un miembro del [Ku Klux] Klan.”

Los jóvenes están siendo probados como adulto; uno de ello, quien admitió haber lanzado el puñetazo que dejos a la victima inconsciente, era un estudiante sobresaliente que corría en el equipo de atletismo de su bachillerato.

Que la “guerra contra las drogas” haya servido meramente como excusa para la criminalización desproporcionada del negro y del Latino es de evidencia estadística citada en cantidad de estudios y análisis; lo que es menos frecuente es una mención al tremendo efecto de la criminalización de estas dos cultura y a la fomentación de estereotipos de equivalencias entre el ser de color y el ser criminal, con la consecuente desvaloración de nuestra identidad cultural por una parte, y el establecimiento como norma social de la inherente superioridad cultural, y moral, del Blanco por otra:

La raza blanca se estima a sí misma ser la raza dominante en este país. Y sin lugar a dudas es así en cuanto a privilegio, logros, educación, riqueza y poder. Así, sin dudas, seguirá siendo hasta el fin de los tiempos si permanece verdadera a su gran herencia y si se mantiene fiel a los principios de la libertad constitucional. Pero a la luz de la Constitución, en el ojo de la ley, no hay en este país una clase de ciudadanos superior, dominante, o gobernante. No hay castas aquí. Nuestra Constitución es daltónica, y no conoce ni tolera clases entre ciudadanos. Con respecto a los derechos civiles, todos los ciudadanos son iguales ante la ley. El más humilde está a la par con el más poderoso.[24]

Estas palabras, escritas por J. Harlan, Juez de la Corte Suprema y única voz discrepante en el caso de Plessy v Ferguson 163 U.S. 537 sobre la posición social de la raza blanca eran ciertas entonces y lo son ahora: los blancos disfrutan de mayor prestigio en términos de logros, educación, riqueza y poder, que provee a sus hijos con acceso de facto a la oportunidad de desarrollarse de acuerdo a su identidad lingüística y étnica.

Sin embargo, sería un grave error tratar de entender las palabras sin comprender el contexto socio-político en el cual se escribieron, ya que fueron redactadas precisamente como el resultado de una de las decisiones de la Corte Suprema de los EE.UU. más devastadoras al ideal de la igualdad de derechos entre las razas en aquel país, después del caso Dred Scott v Sandford de 1857 en la que el Juez Supervisor de la Corte de los Estados Unidos declaró que un negro, aun siendo nacido en los EE.UU., carecía de mayores derechos que los que un blanco deseara concederle – mucho menos el derecho a la ciudadanía. La voz de disensión del Juez Harlan se refería a su oposición a la decisión de confirmar la infame política segregacionista del “Separate but Equal” (“Separados pero Iguales).

En ambos casos, ambas decisiones (la de la Corte Suprema en Dred Scott v Sandford de 1857 y en Plessy v Ferguson de 1896), contribuyeron precisamente a un sistema de castas en la que los negros estaban bien lejos de ser “iguales ante la ley” y sirvieron para justificar, sostener, y propugnar el legado legal de la esclavitud: las leyes segregacionistas de “Jim Crow,” equivalentes a las del Apartheid Sudafricano. El resultado directo de esa segregación legal, ha sido la disparidad social, económica, y educacional actual entre Blancos y Negros. La “guerra contra el narcotráfico” es una herramienta para la refundición del legado racista del sistema socio-político y económico que son los EE.UU.

Este legado legal ha contribuido precisamente, por necesidad, a la percepción arraigada en las mentes y corazones de la cultura Angloamericana de la inherente y ubicua superioridad de la raza Blanca. Nosotros, las minorías ‘visibles’, o sea, de color, no estamos “a la par con los más poderosos” y no comenzaremos a serlo hasta que primero no reconozcamos en daño psicológico, profundo, que el racismo en todas sus manifestaciones y expresiones está llevando a cabo dentro de nosotros, sobre todo dentro de nuestra juventud y de sus concepto de identidad cultural/racial/étnica y autoestima:

En la “prueba de muñecas,” los psicólogos Kenneth y Mamie Clark emplearon cuatro muñecas de plástico vestidas en panal, idénticas en todo aspecto salvo en color. Las mostraron a niños negros entre las edades de tres y siete años y los hicieron preguntas para determinar su percepción racial y preferencias. Casi todos los niños identificaron inmediatamente la raza de las muñecas. Sin embargo, cuando les preguntaron cuales preferían, la mayoría seleccionaron la muñeca blanca y la atribuían características positivas. Los Clark también dieron a los niños dibujos de contorno de un niño y de una niña y les pidieron que colorearan a las figuras del mismo color que ellos mismos. Muchos de los niños y de las niñas con semblantes oscuros colorearon a las figuras con un crayón blanco o amarillo. Los Clark concluyeron que “el perjuicio, la discriminación, y la segregación” causaron que los niños negros desarrollaran un sentido de inferioridad y de auto-desprecio.[25] (Introducido y aplicado como base de la decisión monumental de la Corte Suprema de abolir la segregación en los colegios en el caso Brown v Consejo de Educación, 1954).

Mientras que el juramento a la presidencia de Barak Obama, un individuo de descendencia Africana, a la oficina Oval pudiera tomarse como evidencia de lo contrario, queda en pie el hecho de que la mayoría de las minorías de color – y los negros en particular – han permanecido tremendamente marginados y discapacitados en la mayoría, sino no es que todos los aspectos de la sociedad americana:

A una temprana edad se manifiesta la disparidad educacional que refleja y pronostica la discrepancia económica entre negros e hispanos y la mayoría blanca. En el 2009, en el test nacional de evaluación matemática para alumnos de cuarto grado, “los estudiantes negros obtuvieron un promedio de 26 puntos menos que los estudiantes blancos,” y “los estudiantes hispanos obtuvieron un promedio de 21 puntos menos que los estudiantes Blancos.”[26] Además, mientras que solamente un 9% de los alumnos blancos de cuarto grado tuvieron un rendimiento inferior al nivel Básico en el mismo test de rendimiento Matemático, un 36% de negros, un 29% de hispanos y un 34% de indios ameritaron fallaron en rendir a niveles Básicos[27] (Gráfica 8).

La disparidad aumenta con la edad: En el mismo año (2009), los estudiantes negros de octavo grado obtuvieron puntuaciones por promedio de 32 puntos inferiores a los de los estudiantes blancos, y las puntuaciones de los estudiantes hispanos fueron por promedio 26 puntos inferiores a los de los estudiantes blancos.[28] Adicionalmente, mientras que un 17% de los alumnos blancos de 8º grado rindieron por debajo del nivel Básico, esto contrasta con un 50% de los estudiantes negros, un 43% de los hispanos, y un 44% de los amerindios que reprobaron el nivel Básico en el mismo test nacional[29] (Gráfica 9).

En el año 2007, en un test nacional de evaluación de lectura, negros, hispanos y amerindio también demostraron niveles deficientes de habilidades de lectura relativos a los blancos, obteniendo puntuaciones con promedio de 27, 25, y 28 puntos menos que los alumnos blancos de 4º grado, respectivamente, y 27, 25, y 25 puntos menos que los blancos en 8º grado, respectivamente.[30]

Estas diferencias entre niveles de rendimiento infantiles en la educación continúa a través de la adultez. Estadísticas del 2008 revelan que las poblaciones negras e hispanas obtienen un porcentaje significativamente menor (entre 25% y 75%) de graduados universitarios en las categorías de títulos de Licenciatura (Bachelor's degree), Maestrías (Master's degree), Títulos profesionales (psicólogos, médicos, dentistas, etc.) y Doctorado con respecto a los blancos[31] (Gráfica 10).

Podemos ver en la Gráfica 11, a las cifras pertenecientes a la Gráfica 10 pero expresadas en términos relativos a la población blanca, a modo de porcentajes respectivos a los blancos, para apreciar la tremenda discrepancia en los EE.UU. entre los negros e hispanos y los blancos en cuanto a preparación académica.

Esta disparidad de niveles educativos se refleja igualmente en niveles de ingresos inferiores para negros e hispanos con respecto a blancos. En el año 2006, solamente un 11.3% de grupos familiares blancos tenían ingresos igual o menores de $15,000 anuales, mientras que un 24.4% de los grupos familiares negros y un 16.6% de los hispanos entraban en la misma categoría (Gráfica 12). Similarmente, un 32% de los grupos familiares blancos ganaban $75,000 o más, mientras que solamente un 16.8% de los grupos familiares negros y un 19.4% de los hispanos estaban en la misma categoría[32] (Gráfica 13). Mientras que la media de ingresos de los grupos familiares en el año 2006 fue de $50,673 para blancos, para negros e hispanos permaneció considerablemente inferior al recibir un promedio $31,969 y $37,781 respectivamente por grupo familiar[33] (Gráfica 14).

Con las discrepancias en niveles educativos, niveles de ingresos, y de perfilamiento racial (como vinos por ejemplo en el caso del programa de “Para-y-Registra” del NYPD), vienen un aumento de encuentros y roces con las autoridades legales: en el año 2008 las tasas de encarcelamiento de hispanos y de negros fueron superiores en un 64% y en un 397%, respectivamente, a la de blancos[34] (Gráfica 15).

Estas disparidades sociales, educacionales, legales, y económicas entre la raza blanca y los negros e hispanos en los EE.UU. han tenido un tremendo impacto en sus juventudes. El encarcelamiento de padres de familia, la criminalización de las minorías de color mediante la campaña selectiva de aplicación de las leyes antidroga, la pobreza educacional, etc., no ha sino diezmado la juventud de estas culturas creando una cultura juvenil de adoración al pandillero, al criminal, al narcotraficante que se observa en sus ídolos musicales (raperos – ex-narcotraficantes, pandilleros), su forma de vestir, sus peinados, su jerga, y hasta en sus juegos electrónicos, como “Grand Theft Auto”. De hecho las pandillas se han convertido en una amenaza primaria a la sociedad americana con aproximadamente un millón de pandilleros operando en unas 20,000 pandillas a lo largo de los 50 estados de los EE.UU. y el Distrito de Colombia a partir de septiembre del 2008.[35] De este millón de miembros, un 40% son juveniles (pandillas criminales adolescentes). Los hispanos y los negros están desproporcionadamente representados en esta categoría criminal: 47% son hispanos; 31% son negros; 13% son blancos; 7% son asiáticos; y 2% son “otros”[36] (Gráfica 16).

Lo que estas e innumerables otras estadísticas raciales y étnicas demuestran, es que la población negro e hispana se enfrentan con tremendas desventajas en casi todas las dimensiones de la sociedad americana. La situación actual de opresión económica, social, educativa y legal de las minorías de color no debería ser sorprendente: hasta tiempos recientes la historia de la mayoría, si no es que de todas, las minorías de color de los EE.UU. ha consistido en una acumulación de experiencias traumáticas resultantes de la tremenda violencia y deshumanización a la cual estuvieron continuamente sometidas por parte de la población angloamericana dominante, acciones con frecuencia avaladas, si no es que promovidas, por las leyes y las decisiones de las cortes, incluyendo la Corte Suprema, de los EE.UU.

De nuevo, hago referencia a la disensión del Juez Harlan en el caso Plessy v. Ferguson ante la Corte Suprema en 1896 con respecto a la legalidad de la segregación racial a la cual estaban sometidos los negros aun después de la emancipación de los esclavos en referencia a la tremenda disparidad existentes entre la raza blanca y la negra que imposibilitaba la mera consideración de una igualdad social:

Esta cuestión no queda atendida por la sugerencia que la igualdad social no pueda existir entre la raza blanca y la negra en este país. Ese argumento, si es que se puede valorar como tal, apenas merece la pena ser considerado, ya que la igualdad social no existe más entre las dos razas cuando viajando en un tren de pasajeros o en una carretera pública que cuando los miembros de las mismas razas se sientan juntas en un tranvía o en un jurado, o se paran juntos en una asamblea política, o cuando usan la misma calle de una ciudad o de un municipio, o cuando están en la misma habitación con el propósito de que se inscriban sus nombres en un registro de electores, o cuando se acercan a la urna de voto para ejercer el gran privilegio de votar.

Como las estadísticas contemporáneas demuestran, poco ha cambiado en la realidad Americana para el hombre de color; tanto así que las palabras del Juez Harlan en su declaración de disensión en 1896 contra la mayoría de jueces de la Corte Suprema de los EE.UU. que dictaminaron a favor de la segregación racial, se aplican de igual manera en la America del 2010 que hace 114 años. Cuando la misma ley se aplica de forma parcializada, cuando acceso a la ley requiere status social, “igualdad ante la ley,” no puede existir entre aquellos que se desenvuelven en esferas dispares de educación, y de poder social y económico inferiores.

¿QUÉ ES EL RACISMO?

El racismo, que según las Naciones Unidad es indistinguible de la discriminación étnica, aparece en muchas formas en una sociedad; puede encontrarse en la forma en la que un grupo racial es sistemáticamente y legalmente privado de sus oportunidades y de sus libertades otorgadas a otros, como fue característica de Sudáfrica bajo sus leyes de Apartheid o de los EE.UU. bajo las leyes de Jim Crow. El racismo se puede encontrar en la manera insidiosa en la que un grupo de personas es blanco para las autoridades policíacas a través de ‘perfilamiento racial’, siendo victimizadas así por mayor escrutinio legal y sanción judicial más estricta.

El racismo o la discriminación racial también acontece cuando uno o más grupos son comúnmente representados como teniendo cualidades inherentemente inferiores, despreciables, y deshonrosas – tal es el caso hoy en día a causa de los prejuicios ya inherentemente racistas y los estereotipos que se forman de equivalencia entre los negro e hispanos como escoria narcotraficante precisamente a raíz de la discriminación que se expresa en el arresto y encarcelamiento desproporcionado de negros e hispanos en el país.

Otra forma de discriminación racial o étnica incluso más insidiosa se lleva a cabo cuando la herencia cultural-étnica de un grupo se determina carente de valor y es metódicamente exterminada: entre la década del 1870 y la década de 1930 en los EE.UU. el gobierno de los EE.UU. llevo a cabo un operativo que sacaba a niños Amerindios de sus tribus y hogares para internarlos en escuelas internas para ‘civilizarlos’ o ‘asimilarlos’ a la cultura angloamericana desposeyéndoles de sus identidad lingüística y cultural. De hecho la historia de la institucionalización del racismo en America es concurrente con la historia de la Corte Suprema.

INSTITUCIONALIZANDO EL RACISMO EN AMERICA: LA CONSTITUCIÓN Y LA CORTE SUPREMA:

La primera importación legal de los esclavos africanos en 1619 iniciaría una serie de eventos humanos que dejarían cicatrices endebles y vergonzosas en la sociedad americana y en su jurisprudencia. La esclavitud creó una categoría de seres humanos que estaban designados legalmente a ser propiedad de otra categoría basado estrictamente en su identidad y herencia racial y étnica. Este estado de facto clasificación legal creó, por necesidad, una iniquidad social, economica, educacional, y politica que continua hasta la fecha. Como consecuencia, ningun tema ha creado mayor conflicto y controversia, sea social, economica, politica, o moral a traves de la historia de los EE.UU. que el de la raza.

Durante la Convención Constitucional de 1787 que comenzó en Filadelfia el segundo lunes de mayo de ese año, la esclavitud fue legalmente ratificada por la Constitución en una jugada política conocida como el “Gran Compromiso.” Para impedir que los dueños de las plantaciones esclavistas sureñas descarrilaran toda la empresa constitucional, la esclavitud estaría legalmente reconocida en tres provisiones de la Constitución: 1) los esclavos contarían bajo la Constitución como tres-quintas partes de una persona; 2) los estado norteños estarían obligados a regresar esclavos fugitivos; y 3) el Congreso no podría prohibir la importación adicional de esclavos hasta el 1808. Así, el compromiso histórico y legal entre la política, la economía, y el racismo fue cementado en los mismos cimientos Constitucional del país.

A partir de este momento, la historia de los EE.UU. demuestra que ningún tema desafiaría más su honor e integridad nacional como la cuestión de la esclavitud y de su legado: el racismo. Durante la Convención George Mason, un delegado de Virginia, proféticamente haría la siguiente admonición:

“Todo amo de esclavos es nacido un tirano mezquino. Nos traen el juicio del cielo sobre el País. Puesto que las naciones no pueden ser premiadas o castigadas en la próxima vida, tienen que serlo en esta. A través de una cadena inevitable de causas y efectos, la providencia castiga los pecados nacionales, con calamidades nacionales.”- George Mason, Aug.22, 1787[37]

Es relevante para el presente discurso tener en cuenta que la institución de la esclavitud no involucraba solamente labores forzadas bajo condiciones inhumanas, sino que implicaba una serie de procesos degradantes y deshumanizadoras que se justificaba desde la perspectiva de que el esclavo era algo menos que humano; de hecho, era solamente tres quintas partes humano. Como tal, siendo no más que propiedad, el esclavo estaba sujeto a la degradación de presenciar a su esposa e hijas violadas por amos blancos, y la disolución de su familia a través de la venta de sus hijos, lo más probable por beneficio monetario.

Además, e igualmente relevante al argumento en presente, el esclavo era desposeído de su propia identidad por la privación forzada de su herencia étnica y lingüística. La pérdida del lenguaje de origen, o de la lengua materna que se le llama a veces, era impuesta para evitar que los esclavos tuvieran interacciones con otros que hablaran su mismo idioma. Se temía que la comunicación entre otros de la misma etnicidad proveería el valor personal, el sentido de comunidad, de destino compartido, y los medios de una coordinación activa que le llevaría a una rebelión contra sus amos. Por lo tanto, la esclavitud, en su necesidad de crear una población desmoralizada y servicial, destrozó a la vez la identidad étnica y lingüística del esclavo como su sentido de comunidad y de identidad familiar, creando de esta forma una clases de humanos deshumanizado por su enajenación cultural, social, familiar, y psicológica.

En un esfuerzo para evitar incidents del tipo de la Rebelion de Stono el 9 de septiembre de 1739 en la que numerosos esclavos cerca de Charleston, en Carolina del sur se sublevaron matando a sus amos,[38] y quemaron sus plantaciones, leyes fueron decretadas para prevenir que los esclavos aprendieran a leer o escribir, promoviendo el analfabetismo y la ignorancia general como un instrumento de control social y psicológico.

La afirmación de esclavos como propiedad legal fue firmemente sostenida por el resultado de varios dictámenes de la Corte Suprema de los EE.UU. tal como en el caso Antílope.[39] El Antílope fue un barco esclavo confiscado por una patrulla naval de los EE.UU. en la costa de Georgia en 1825. El dueño del Antílope había redado barcos negreros españoles y portugueses y planificaba evitar el boicot estadounidense de la importación de esclavos llevada a cabo por el Congreso en 1808. Como resultado, y bajo ley americana, los africanos en el barco esclavista eran hombres libres y deberían haberse devuelto a África. No obstante, dado que los gobiernos españoles y portugueses presentaron demandas para la recuperación de su propiedad robada el caso del Antílope establecía “demandas en las que los derecho sagrados de la libertad y de la propiedad entraron en conflicto mutuo.” Conforme el dictamen de la Corte Suprema de los EE.UU. expresada en la opinión del Presidente del Tribunal Supremo Juez John Marshall, el hecho de que la esclavitud sea contraria “a la ley de la naturaleza no puede denegarse” pero las cortes federales tenían que reconocer el derecho de otra nación en ejercer el trafico de esclavos aun en cuando las leyes de esa misma nación no permitan el trafico. Su opinión acaba con: “Sigue, que una embarcación extranjera, ejerciendo en el trafico de esclavos africanos, capturado en altamar en tiempos de paz, por una crucero americano, y traído para adjudicación, será restaurado.”[40]

En 1842 otro caso ante la Corte Suprema de nuevo involucraría el secuestro de esclavos y el derecho de los dueños de recuperar su propiedad y afirmar el estatus subhumano de los esclavos negros. En Prigg v. Pennsylvania, bajo la Presidencia del Juez Taney, la Corte Suprema de los EE.UU. determinó que ningún estado puedo establecer leyes que impedirían el derecho al amo a recuperar su propiedad legal, aun y si la forma en la cual esa propiedad fuera recuperada fuera ilegal, y aunque la esclavitud en ese estado fuese igualmente ilegal.[41]

En 1850, el Congreso de los EE.UU. paso el “Acta de Esclavos Fugitivos de 1850” como parte del “Compromiso de 1850.” Fue un intento de mantener al país intacto al otorgarle concesiones a los estados esclavistas. Fredrick Douglass, ex-esclavo autodidacta, y que se convertiría en un gran reformador social, escritor, y orador antiesclavista y el afro-americano más destacado de su época, que esta ley fue “diseñada para involucrar al Norte en complicidad con la esclavitud.” La nueva legislación eliminaban el ‘debido proceso’ para aquellos acusados de fugitivos, y aumentaba la penalidad para aquellos que secundaban e instigaban a aquellos buscando su libertad del (legal pero inmoral) cautiverio. “La ley tambien convirtió en un crimen federal para cualquier ciudadanos que se negara en la captura de un esclavo fugitivo . . . permitía que cualquier demandante de un fugitivo ponerle a el o a ella en custodia sin una orden judicial, juicio, o audiencia.” Por consecuencia, “mucho negros libres fueron secuestrados y vendidos en esclavitud.”[42] En efecto, lo que el Acta de Esclavos Fugitivos de 1850 logró fue contribuir a la formación de una cultura en la cual la persecución inhumana de negros se convirtiera en un requisito social a la vez que en una institución legal.

Tal vez el dictamen más controversial de la Corte Suprema respecto a la política y a la economía del racismo, una que dejó una mancha imborrable en la legitimidad de la Corte Suprema para dispensar justicia en cuestiones de raza; una decisión que deshonraría la historia de los EE.UU. y de la premisa de libertad y justicia para todos y que se consideraría como una causa indirecta de la Guerra Civil, es el dictamen del caso Dred Scott v. Sandford de 1857. La decisión de la Corte Suprema fue afirmar que ninguna persona negra, libre o no, era un ciudadano de los EE.UU. y por lo tanto no tiene los derechos de protección bajo la Constitución. El Juez Taney además enfatizó que los negros eran “seres de orden inferior” sin “ningún derecho que el hombre blanco estaba obligado a respetar.[43]

Esa opinión histórica del Juez Taney ha sido clara y repetidamente reflejada a través de la historia política, legal y cultural de los EE.UU. desde sus comienzos como colonia británica hasta la fecha; estuvo reflejada en la decisión del jurado que absolvió a los policías que asaltaron a Rodney King en 1992 y que dejó a centenares, si no es que a miles de millones de personas alrededor de todo el mundo atónitos y perplejos después de ver las imágenes de video de un hombre negro caído y de numerosos policías repetidamente golpeándole hasta casi matarlo; y está en la mentalidad de miles de agentes de policías, jueces y fiscales del país que contribuyen a la aplicación racista de las leyes contra el narcocomercio, o en programas como el de “Para-y-Registra” de la policía de Nueva York. Pero el dictamen de la Corte Suprema fue mucho más que una tacha en la imagen de la Corte Suprema; fue un vistazo a la esencia de una nación tan comprometida económica, social, y culturalmente al racismo que ni se da cuenta de la naturaleza de su posición, mucho menos de la inmoralidad de la misma.

La destrucción de un disturbio racial no es sino la voz de la impotencia y de la desesperación de un pueblo de justicia denegada, atrapado tras líneas enemigas y que no encuentra escape de un enemigo que no le da cuartel. Es una voz que se ha expresado muchas veces en los EE.UU. debido a la mentalidad dominante de la cultura angloamericana superimpuesta a una minoría sin herramientas para su propia protección. Es una voz que se expresó en los disturbios raciales de 1992 en Los Angeles a consecuencia del dictamen – reminiscente del dictamen Dred Scott que negaría la humanidad esencial de un negro en los EE.UU. – que redimió a los policías que asaltaron a Rodney King. Es una voz que se repetiría en los disturbios raciales de Wilmington, N. C. (1898), Atlanta, Ga. (1906), Springfield, Ill. (1908), East St. Louis) Ill. (1917), Chicago, Ill. (1919), Tulsa, Okla. (1921) and Detroit, Mich. (1943), y en los disturbios de mi niñez en 1965 en el barrio de Los Ángeles conocido como Watts.

El Juez Taney tambien dictaminó que el Congreso no tenia ningún derecho de prohibir la esclavitud en los territorios de los EE.UU. El dictamen de Dred Scott tuvo el efecto de dejar a los negros sin esperanzas de encontrar amparo legal contra su estado de cautiverio a través de las cortes estatales o federales. La opinión de Taney nacionalizó la esclavitud al afirmar los derechos de los dueños de esclavos blancos de portar su propiedad humana a estados libres sin temer desafíos a su titularidad, y al permitir que los territorios de expansión pudieran aplicar por estatus de Estado integrando la esclavitud en sus Constituciones.[44]

Aun antes del dictamen Dred Scott, Hezekiah Ford Douglass, un negro libre de Nueva Orleans, in su largo discurso en Cleveland, Ohio, el 27 de agosto de 1854, hizo los siguientes comentarios como parte de su discurso anti-emigratorio en la convención:

Cuando me acuerdo de todos los agravios que han sido inflingidos contra mi desafortunada raza, apenas puedo darme cuenta de que ese es mi país. No le debo ninguna lealtad puesto que se niega a protegerme. Es una máxima en Gobiernos, “Cada individuo debe fidelidad en proporción a la protección otorgada.”. . . Cuando me acuerdo que de Maine a Georgia, desde las olas del Atlántico hasta la costa del Pacifico, so un extranjero y un marginado, desprotegido por a ley, proscrito y perseguido por perjuicios crueles, estoy dispuesto a olvidarme del encariñado nombre de hogar y país, y en reacio exilio buscar en otras costas la libertad que se me ha denegado en la tierra de mi nacimiento.[45]

A pesar de un individuo de descendencia africana haya alcanzado la cima del poder en los EE.UU. al ocupar la posición de Presidente en la Casa Blanca – un edificio construido al menos en parte por la labor de esclavos negros[46] – los comentarios de H. Ford Douglass’ resuenan tan claramente en las mentes y en los corazones de muchos si no es que de la mayoría de afroamericanos tanto hoy como hace 150 años. Aunque sea difícil para miembros de la mayoría blanca, o incluso de otras minorías étnicas aceptar esta afirmación, solo basta revisar las estadísticas enumeradas anteriormente en el presente reporte para que el observador objetivo comience a comprender la magnitud y la realidad del problema.

El dictamen de Dred Scott se volvió central a la política americana entre 1857 y 1861.[47] Es un mero ejemplo de cómo decisiones jurídicas pueden tener un tremendo impacto social sobre un país. No solamente tuvo el efecto de establecer las bases legales para perpetuar y nacionalizar la esclavitud, sino que fue tremendamente influyente en provocar la Guerra Civil de los EE.UU.,[48] un enfrentamiento brutal dentro del territorio americano en el cual 600,000 vidas americana fueron perdidas. Dred Scott también es un claro ejemplo de como la jurisprudencia Americana, cuando llega a cuestiones de raza, ha establecido un precedente inequívoco de establecer dictámenes de corta visión hacia el futuro y con consecuencias sociales a largo plazo y que separan inequívocamente en las cortes americanas los conceptos de la ley y del orden de los de la moralidad y de la justicia.

Se continuara…





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lunes, 31 de mayo de 2010



Desde el ojo del huracán:

Introducción: Hemos visto al enemigo y somos nosotros

por Shodai J. A. Overton-Guerra


Introducción

A veces, en el transcurso de la existencia de una especie, eventos fuera de su control se presentan con potencial cataclísmico: cambio climático, evolución de otra especie competidora, desaparición de otra sustentadora, etc. Somos seres tremendamente peculiares en el sentido de que nuestro presente existencial – el qué somos y el dónde estamos – es una integración sinergética entre el medio ambiente natural, el cultural (que abarca la historia, la tecnología y la civilización), y la larga lista de decisiones que hemos tomado durante nuestra existencia. En nuestro caso particular como especie el cataclismo proviene no tanto de cambios exteriores sino de conflictos internos, conflictos que amenazan, como un tremendo huracán, a diezmar nuestro progreso, si es que no nuestra misma existencia.


La metáfora del huracán es válida. Los huracanes son fenómenos naturales de tremendo poder devastador; de hecho, contrario a la perspectiva popular, su efecto destructor no se transmite a lo largo de una trayectoria rectilínea, sino que se manifiesta en un espacio tridimensional. Característica de la estructura del huracán es el tremendo contraste entre la calma y claridad visual desde el ojo, espacio de unos 30 a 60 kilómetros de diámetro, y la gran turbulencia demoledora de la pared que lo rodea y donde se encuentran las nubes más densas, donde existe la menor visibilidad, y donde se localizan los vientos más violentos y catastróficos. Metafóricamente hablando al menos, es desde la calma del ojo del huracán donde se puede mejor analizar el desastre que se ocasiona a su alrededor.


Otro detalle metafórico muy apropósito del huracán es que se forman cuando dos frentes de aire con gran diferencial de presión y temperatura chocan en un ambiente propicio. Los grandes huracanes de la historia humana se han formado como resultado de choques, bajo ambientes propicios, entre grandes disparidades socioeconómicas – de riqueza y de miseria – como es el caso entre los EE.UU. y México, y entre los EE.UU. y la cadena de miseria que extiende desde su vecino meridional hasta el extremo del continente sudamericano. El huracán resultante lo podemos llamar en este caso “el narcocomercio” y la devastación aun ni comienza a manifestarse.


Desde el ojo del huracán es una colección de artículos y ensayos sobre un tema muy importante: la evaluación existencial del ser humano, una consideración objetiva en cuanto a ¿quién somos y dónde estamos? La idea fundamental de la obra comenzó con un pretendido estudio sobre la psicología del terrorismo a raíz del 11 de septiembre del 2001, pero casi antes de abordar la obra el horizonte de mi perspectiva amplió, y amplió, conforme el punto de vista que apodera a esa perspectiva se desplazó considerablemente hasta hallar, lo que en presente siento, intuyo, y razono, ser el auténtico ojo objetivo en la tormenta en la que nos encontramos.


A medida que escribo estas palabras al mediodía del 30 de mayo del 2010, domingo, la tremenda calma de mi consultorio personal contrasta inmensamente con la devastación que ocurre a mí alrededor. El cataclismo del derrame petrolero en el golfo de México continúa sin tregua; Corea del Norte y Corea del Sur se acercan cada vez más a un conflicto potencialmente nuclear; el estado de México amenaza colapsar ante la corrupción gubernamental propiciada por los beneficios del mercado ilícito de narcóticos; en Jamaica la población se alza contra las fuerzas de seguridad de su propio gobierno para proteger a un criminal de una orden de extradición a los EE.UU.; y la amenaza de un ataque con armas de destrucción masiva por parte de grupos terroristas Islamistas contra casi cualquier país de primer mundo permanece ubicua; etc., etc. Nuestra naturaleza corrupta no ha cambiado, no ha aumentado ni ha disminuido, pero el impacto potencial de nuestra corrupción sí – y dramáticamente además.


Algo serio sucede con el ser humano que amenaza con nuestra destrucción. Para entender de qué trata ese “algo serio” tenemos que tomar un punto de vista objetivo y panorámico que nos permita poner todo en perspectiva integral. Para comenzar, debemos reconocer que en casi todos los desastres provocados por el ser humano que se desenvuelven en la actualidad o que amenazan por desatarse, había la posibilidad de haberlos evitado; incluso más allá de eso, había amplia información que los predecía. Es decir, dónde estamos y quiénes somos es el resultado de malas decisiones – o de malas intenciones que han ocasionado nuestro estado presente de crisis masivo. Pongamos por caso a los eventos del 11 de septiembre del 2001: hay que lograr entender tanto los procesos mentales y los patrones emocionales que motivaron tales acontecimientos, como a los argumentos auto-ilusorios que llevaron a sociedades y gobiernos a ignorar las señales de aviso que proclamaron y predijeron la ocurrencia de los mismos. Estamos atrapados entre la espada y la cruz: las causas de las crisis de nuestra actualidad, tal vez de toda actualidad, se encuentran entre la maldad (la avaricia, la discriminación, el racismo, etc.) de unos y la estupidez (la ignorancia, la superstición, la arrogancia, etc.) de otros que no toman las medidas necesarias para prevenir la maldad de los primeros.


Esta obra colectiva consiste en un análisis de una de las características más neuróticas, irracionales, y a menudo más destructivas de la constitución mental de nuestra especie. Un tema fundamental que irremediablemente vamos a tratar es la neurosis colectiva que encuentra sus orígenes en las contradicciones irresolutas entre nuestra fe religiosa y nuestro pensamiento racional; entre las disciplinas de la razón, y las prácticas de la fe religiosa; entre los principios filosóficos que inspiran una sociedad libre, y las creencias dogmáticas que sostienen las instituciones religiosas fundamentalistas. En esencia hablo de dos frentes, con tremendos diferenciales de presión y de temperatura, que se chocan aquí en el siglo XXI. Estos dos frentes, llamémoslos “fe” y “razón” – fuerzas antagónicas operando conjuntamente en nuestra psique – han estado encaminados a colisionar desde quizás antes de la evolución de nuestra especie Homo sapiens sapiens. A lo largo de los siglos, e inspirados principalmente por los esfuerzos intelectuales de la filosofía occidental, el creciente papel de la ciencia y de la tecnología en el transcurso de la civilización ha puesto a estos dos frentes en confrontación directa. Ahora en el siglo XXI se encuentran en colisión inevitable: el resultado es que la pared del ojo del huracán, y la devastación resultante, es principalmente el resultado de una tormenta interna.


El siglo XXI resulta ser un periodo difícil para el desarrollo intelectual de nuestra especie, particularmente en el mundo occidental. Vivimos en una era en la que hemos perdido la fe en la capacidad de la razón para ofrecernos respuestas a nuestras preguntas trascendentales, mientras que las respuestas que nos ofrece la fe a esas mismas dudas nos resultan cada vez menos y menos razonables. Y sin embargo seguimos razonando y tratamos de seguir creyendo. Seguimos alzando nuestras cabezas para rezar al cielo, aún cuando enviamos astronautas a la luna y sondas espaciales a través de la galaxia. Seguimos valorando y discutiendo los meritos del creacionismo, aún cuando la evidencia irrefutable de la evolución se expresa en nuestros propios cuerpos y nos inoculamos contra enfermedades sirviéndonos de avances médicos basados en la aplicación de la teoría evolutiva. Consideramos sacrosantos los principios de una religión – la nuestra – aún cuando nos damos cuenta de que se contradicen por los preceptos igualmente dogmáticos de otra vecina. De hecho, sometemos a las doctrinas de otros al filo implacable del bisturí analítico, cruelmente deleitándonos en divulgar y pregonar las inconsistencias y absurdidades de su sistema de creencias, mientras que guardamos celosa, aunque tenuemente, nuestro sistema de valores del crítico ojo racional propio y ajeno. Seguimos empleando términos e ideas en nuestra habla cotidiana como ‘alma’ o ‘espíritu’, aferrándonos a sus connotaciones místicas aún cuando los psiquiatras, los neurocientíficos y los neurólogos nos demuestran, una y otra vez, que todos los aspectos de nuestras mentes tienen sus orígenes en la actividad electroquímica de redes neuronales en nuestro cerebro.


La mente humana es un dominio vasto de ideas, de creencias, de perspectivas, y de esquemas a menudo incongruentes e incoherentes. Los psicólogos han sabido desde hace tiempo que para mantener estas inconsistencias precisamos de suficiente distancia temporal entre las ideas conflictivas para evitar que seamos conscientes de las incongruidades que manifiestan. Una vez que las posiciones contradictorias se presentan simultáneamente en el escenario constreñido de nuestra mente consciente y nos alertamos de la contrariedad evidente experimentamos un estado insostenible de inestabilidad mental conocido como “disonancia cognitiva”, un estado que requiere resolución. A veces, la inversión psicológica en una posición es tan extrema que desarrollamos barreras mentales muy sofisticadas para evitar que las contradicciones nos resulten aparentes. Para que la mente humana pueda sostener dos formas contradictorias e incompatibles de conectar, de estar, de interaccionar con el universo tiene que haber una separación, un bloqueo, o una disociación patológica entre aspectos de nuestra personalidad o de nuestros procesos mentales y de nuestra consciencia fundamental; una disociación comparable a un “desorden de identidad desasociada” (anteriormente “desorden de personalidad múltiple”) o de esquizofrenia, que imposibilitan la integración mental del individuo y que fomentan la autoenajenación del mismo. Las consecuencias patológicas de tal grado de inconsistencia solamente pueden evitarse si una de esas modalidades de encajar, de interaccionar, y de estar en el universo es definitivamente subordinada a la otra. No se puede servir a dos amos a la vez.


A lo largo de la historia de nuestra especie, los valores religiosos impuestos por las autoridades sociales han consistentemente mantenido a la razón subordinada a la fe. De hecho, los poderes imaginarios de fuerzas inéditas e invisibles y las demandas supuestas, especuladas, de entidades inmateriales han sido más que suficientes para justificar las más estrictas jerarquías sociales, los más extensos y sanguinarios sacrificios humanos, y las políticas genocidas más espantosas: no hay atrocidad que no se haya cometido en nombre de algún u otro dios. El teólogo y filósofo del siglo XIII, Tomas de Aquino – Santo Tomas de Aquino – muy acertadamente resumió ésta relación tradicional entre la fe y la razón, entre las ciencias y la religión, cuando expresó que la filosofía era apenas la mucama de la teología: “la teología no adopta a las otras ciencias como sus superiores, sino que las emplea como sus inferiores y sus sirvientas.”


Para llegar a comprender hasta qué punto esta neurosis disociadora (auto-alienadora) está arraigada en la mente humana, debemos considerar cuidadosamente las funciones que la creencia y la razón desempeñan en nuestra psique. La creencia es la aceptación acrítica (sin discernimiento crítico) como conocimiento a aquello por lo cual, en el momento presente al menos, no hay evidencia. Cuando la creencia se aplica a nuestras ideas religiosas y a lo sobrenatural, se convierte en fe, y dada la inversión y el compromiso emocional (Ej., a la vida ‘eterna’ después de la ‘muerte corporal’) para y con esa creencia, ésta adopta una nueva dimensionalidad emocional que inhibe el análisis critico. La razón es la capacidad intelectual de comprender y de inferir la validez de la evidencia y de buscar la confirmación (por medios empíricos o por deducción o inducción lógica) de lo que constituye el conocimiento y la realidad. En la mente sana y bien adaptada, la creencia y la razón cooperarían como dos modos complementarios de estar en, y de relatar con el mundo y de navegar a través de la realidad; creencia y razón armonizarían conforme la mente-cerebro interpreta eventos y dirige nuestro mundo interior y nuestra conducta. En tal contexto mental, equilibrado, sano y adaptado, las creencias servirían como indicaciones o conjeturas temporales en la ausencia de la confirmación empírica o al menos lógica. La razón, por lo contrario, nos ampliarían los límites de lo conocido y de lo cognoscible a través de un consenso objetivo subordinado a un procedimiento metódico – el método científico por definición.


Ambos, la creencia y la razón, tienen su lugar en el funcionamiento psicológico y cognitivo del individuo bien adaptado. De hecho, con frecuencia tenemos que tomar decisiones y desempeñar conductas basándonos en información que suponemos o creemos ser correcta (o casi correcta), ya que el escepticismo continuo aplicado a todas las cosas que no pueden ser empíricamente confirmadas incapacitaría el individuo relegándolo a una especie de parálisis neurótica. Desde la perspectiva evolutiva, aquellos individuos que insistieron que el tigre se mostrara a plena vista antes de emprender su escape del mismo o eran corredores extremadamente veloces o efectivamente se auto-excluían del acervo genético librando a la siguiente generación de su potencial estupidez hereditable. En un ejemplo más actual, nos inscribimos en programas académicas extensos, con frecuencia a gran costo personal y económico, bajo la suposición, la creencia, de que nuestras vidas serán lo suficientemente largas como para beneficiarnos de la inversión. La creencia implica la conclusión o acabamiento mental de un patrón incompleto. En el ejemplo del tigre, oímos sonidos, leemos señas, u observamos el comportamiento de otros animales y pájaros que nos rodean; entretanto nuestra mente-cerebro completa el escenario (¡tigre!) y activa una respuesta conductual acorde al mismo (¡corre!). Información suficiente se nos presenta sobre la situación que, desde el punto de vista probabilístico, nos sentimos lo suficientemente seguros como para actuar como si la presencia del felino fuese completamente confirmada.


Igualmente inadaptado es desesperadamente aferrarse a una creencia tradicional (religiosa) mientras que nos empecinamos neciamente a negar toda evidencia empírica que la contradiga. Aquellos participantes en la Rebelión de los Boxers de finales del siglo XIX y principios del XX en la China que creían que sus poderes esotéricos marciales les iban a rendir impérvios ante las balas occidentales lo hicieron a gran costo personal – de hecho entre 50,000 y 100,000 sucumbieron ante su estupidez. De igual manera, los ritos ceremoniales del amerindio sirvieron de bien poquito para poner un alto a la invasión de colonizadores europeos cuya superioridad tecnológica, y enfermedades infecciosas, demostraron ser abrumadoramente insuperables e impérvios a las encantaciones hechiceras de sus chamanes. Una vez que la evidencia empírica niega el supuesto patrón (la creencia), la mente-cerebro adaptada debería aceptar la evidencia, rechazar la hipótesis, y cambiar de parecer y de estrategia.


Si los temas que la mente-cerebro entretiene se limitaran a eventos externos o fenómenos que en última instancia son material óptimo para un análisis objetivo y racional, entonces no solamente sería nuestra constitución mental como especie sustancialmente más simple de lo que es, sino que no existiría ni la religión, ni el terrorismo fundamentalista religioso, ni el narcocomercio, ni – por ejemplo – la oposición entre la fe y la razón puesto que careceríamos por completo del sustrato biológico preciso (el cerebro humano moderno) para sostener tal dicotomía en nuestras mentes. Un ejemplo primordial es la existencia de nuestra relación con lo supernatural, conocido también como “cuestiones trascendentales”. Es precisamente ese apego emocional, de hecho la dependencia adictiva, con una relación con lo supernatural que presenta y representa el más alto nivel de la complejidad de nuestras representaciones mentales y de nuestros trastornos auto-disociativos y auto-enajenadores. Ciertamente, la maravilla evolutiva del órgano de la imaginación que es el cerebro humano trajo consigo una patología inherente que tenemos que diagnosticar y remediar si no queremos seguir el camino del resto de los homínidos que nos precedieron: la extinción.


La mente humana puede ser consciente de una enorme variedad de experiencias. A pesar de toda esta diversidad, las experiencias conscientes se pueden dividir en tres categorías amplias. Una categoría de estas experiencias consiste en nuestros estados internos como son (1) las emociones como la alegría, la tristeza, la ira, y (2) los impulsos fisiológicos, como la sed, el hambre, el dolor, o la fatiga. Una segunda categoría consiste en las experiencias que resultan de la información que nos llega del mundo exterior a nuestro sistema nervioso central, estímulos que infringen sobre nuestros órganos sensoriales y dan lugar a nuestras percepciones como la visión, la audición, el gusto, el olfato, la sensación táctil, el dolor, la posición de nuestros miembros, etc. Pero existe aún otra categoría de experiencias mentales constituidas por los sueños nocturnos, las fantasías diurnas, las memorias de eventos pasados, y las imágenes mentales que empleamos para resolver cierto tipo de problemas y formular escenarios mentales estratégicos. Lo que todos esos tipos de experiencias tienen en común es que están constituidas por imágenes en todas las modalidades sensoriales como la visual, la auditiva, la táctil, la olfativa, el dolor, la temperatura, etc., pero son creaciones de la mente-cerebro en ausencia de información del mundo exterior a sí mismo que contacte y estimule los órganos sensoriales. Colectivamente nos referimos a esa clase de experiencias como a imaginocepciones. Nuestro mundo experimental, ‘vivencial’, se constituye de emociones e impulsos fisiológicos, percepciones, e imaginocepciones, y estas experiencias no siempre están de acuerdo en cuanto a la información que relatan ya que pueden ser, como veremos a lo largo de los artículos de presente tomo, influenciados por esquemas errados, arraigados en hipótesis (creencias) desprovistos de fundamento empírico, objetivo, o racional.


Ambos la fe y la razón se basan en la habilidad de trascender la experiencia inmediata del mundo que nos rodea, del mundo accesible a los sentidos, para conectar con lo intangible, con lo inadvertido, para deducir lo que no está disponible, y enlazar en una relación metafórica (y simbólica) con el mundo que nos rodea: en otras palabras, para imaginar. El origen de la mente moderna se representa en el record arqueológico por dos clases de comportamientos: el entierro ritualista de los difuntos, y la creación del arte chamánico. Cada una de estas actividades es una expresión de un deseo de manifestarnos más allá del mundo inmediato concebible por los sentidos, y de establecer una relación con dominios o dimensiones imaginarios transcendentes y supernaturales.


Quizás la noción de dominios más allá del mundo ordinario de los sentidos comenzó con el descubrimiento de una consciencia en la forma de sueños (imaginocepción) mientras dormíamos y que nos transportaba a lugares bien distantes del mundo perceptivo de los sentidos al que nos despertábamos. Es posible que fuera a raíz de estas observaciones que comenzáramos a desarrollar ideas de la existencia de una parte ‘esencial’ del yo, de un ‘alma’, de un ‘espíritu’, y de su capacidad de ‘separarse’ del cuerpo para viajar a dominios distantes. Posiblemente fue en la observación de que la inmovilidad del cuerpo que caracteriza la fase del sueño REM mientras dormimos se asemeja a la muerte lo que dio vigor a la especulación de que esta parte ‘esencial’ de nosotros en la que reside la consciencia también emigra del cuerpo durante la muerte a otras dimensiones. Como fuera que tuviera lugar, el record arqueológico muestra que elaboradas teorías especulativas sobre la naturaleza de la “post-vida” entraron en existencia con la evolución intelectual de la mente-cerebro y de su concurrente facultad de la imaginación.


Por otra parte, mientras que es posible que estos desarrollos intelectuales de por sí sean responsables por la capacidad humana para el desarrollo de esquemas supernaturales, en sí no explican la necesidad por las mismas, necesidad que se confirma con la carencia de cualquier cultura humana sin una teoría o hipótesis tradicional respecto a lo sobrenatural. Para comprender esto debemos regresar a la complejidad característica de un ser social que puede experimentar remordimiento, miedo, o morriña encarado con la ausencia de alguien o de algo, y mayormente de ansiedad cuando enfrentado con la incertidumbre. El impulso intelectual a la imaginación y el deseo emocional de trascender la muerte y de existir en un dominio más allá de la percepción es tan innato a nuestra especie como cualquiera de nuestros más apremiantes impulsos biológicos, tales como la necesidad de reproducir o de comer. Es en la combinación del intelecto (la imaginación) y del complejo emocional de un ser social que desarrollamos la necesidad psicológica para la hipótesis de, o la creencia en, lo sobrenatural, es decir, para la fe, para la religión. Por consecuencia, la creación de esquemas imaginarios es tanto un producto de nuestra maquinaria cognitiva y afectiva (emocional) como lo son los desarrollos de la tecnología moderna que los desafía y los amenaza de mil maneras con la obsolescencia.[1] No obstante, las creencias concernientes a lo sobrenatural o trascendente, particularmente para el fundamentalista religioso, son a menudo las premisas sobre las cuales nos basamos todo lo que pensamos y/o sentimos: de ahí muchas veces las incongruencias e inconsistencias inherentes en nuestra conducta.


La creencia da significado a la vida, da una razón a nuestra existencia, y configura la forma en la que tratamos con y experimentamos al mundo. Para el hindú que verdaderamente cree en la reencarnación, los organismos de vida a su a alrededor adoptan un significado muy diferente que para el cristiano (creyente en la divinidad de Jesús) que cree que solamente los seres humanos están dotados de ‘alma’. La naturaleza del Nuevo Mundo fue vista, y tratada, de forma muy diferente por los colonos europeos cristianos, para quienes la naturaleza es un mero recurso concedido por Dios para ser consumido, que para el Amerindio, para quien la naturaleza es integral al dominio de lo sagrado. En otras palabras, los esquemas trascendentales, concernientes a la “post-vida”, impactan significativamente el “cómo” y el “de qué manera” vivimos nuestras vidas.


Son precisamente esos mismos esquemas transcendentales los que están bajo asedio constante en el mundo de la actualidad. Filósofos contemporáneos tienen un término para referirse al ‘estado de las cosas’ en nuestra era: posmodernismo. El zeitgeist o el “espíritu o esencia de nuestros tiempos” es uno en el cual nos podemos reconfortar con pocas verdades absolutas, y en el cual domina la decadencia de valores tradicionales, de conceptos como la moralidad o como el honor, y donde hay una inmensa incertidumbre en cuanto a la identidad, la sexualidad, el propósito de la vida, y de la naturaleza del bien y del mal. Estamos siendo amenazados y asediados por tal grado de inseguridad en todos los sentidos – mental, espiritual, física, y económicamente – que todo pierde su significado esencial; de hecho venimos a entender que nada tiene un significado esencial más allá de lo que uno le atribuye de acuerdo a la identidad que uno escoge para sí mismo – o de lo que otros le obligan a escoger.


Este estado del pensamiento colectivo de la civilización occidental fue previsto con gran acierto por varios pensadores a finales siglo XIX. Según Friedrich Nietzsche lo que estamos experimentando son las numerosas ramificaciones de la “muerte de Dios,” del derrumbamiento de los cimientos de creencias absolutas en los que se basan nuestra moralidad y nuestros valores tradicionales (judeocristianos y musulmanes) que daban motivo, servían de punto de referencia, y otorgaban un sentido de destino a nuestras vidas y a nuestras ‘almas.’ “Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado,” dijo Nietzsche, y puesto que está muerto, añadió Dostoievsky, “todo nos es permitido” – aparentemente hasta nuestra propia autodestrucción. Como civilización no hemos logrado todavía encontrar una resolución al estado de disonancia psíquica – cognitiva y afectiva – resultante de (1) la pérdida de la creencia factible en la existencia, efectividad, o interés de la entidad suprema y (2) la correspondiente pérdida de la creencia factible en una existencia post-vida que, respectivamente, asegure nuestro bienestar (‘espiritual’) y nuestra continuidad eterna (‘post-mortem’). De hecho, psicológicamente, la característica central de nuestro mundo posmoderno podría ser precisamente la evasión neurótica de la toma de consciencia – no digamos de las consecuencias – de esos dos factores centrales de nuestra existencia. Las verdades que acechan, que acosan y que asedian al hombre posmoderno son simples: dios no existe y después de esto no hay nada. Con la muerte de Dios nace la era de Verdad (con ‘V’ mayúscula), de la Libertad por adoptar una identidad y de la Responsabilidad de vivir con nuestra elección. La importancia de la Identidad es un tema central e integrante de muchos de los ensayos de este tomo.


Como indicó Nietzsche, el advenimiento de la Verdad traduce en una crisis de significado, ya que, cuando nos enfrentamos con la extrema indiferencia del universo y la finitud de nuestra existencia no podemos sino preguntarnos “¿por qué (existimos)?” y “¿para qué (molestarnos)?” – mientras tanto nos tambaleamos al borde del gran abismo del nihilismo.[2] En la era posmoderna las enseñanzas de los grandes filósofos existencialistas que abogaron por la búsqueda del significado de la vida en la experiencia personal del individuo mientras aceptamos incondicionalmente la “indiferencia benigna del universo” (Camus), deja a la mayoría enfrentándose con el abismo insuperable de su propia desesperación, puesto que esa gran mayoría ni llega a la sofisticación filosófica necesaria para entretener el significado conceptual de un ‘ocaso nihilista’. Por lo tanto, el individuo posmoderno, incapaz de volver en el tiempo a la creencia en un universo ‘encantado’ (mágico, sobrenatural, divino), e igualmente incapaz de avanzar y trascender su dependencia infantil por la protección de entes sobrenaturales y por la continuidad ‘post-mortem’ de su existencia vital, permanece un fugitivo permanente del implacable espectro de su propia ansiedad existencial; existe en un estado de auto-alienación patológico similar a aquel que, aterrado por la imagen de su propia sombra, hace todo lo imposible por evitar ser incluso consciente de la existencia de la misma. La situación es gravemente patológica y seriamente volátil. A pesar de todo su genio y de sus tremendas introspecciones en cuanto a la existencia (y hasta cierto punto de la naturaleza) del ‘subconsciente’ humano, Freud estaba completamente equivocado cuando predijo el ocaso de la religión una vez que la humanidad hubiera madurado más allá de la necesidad de la protección paternal divina. Es posible que fuera su propia gran madurez intelectual la que le hizo incapaz de comprender hasta qué punto la creencia en la existencia de entidades sobrenaturales protectoras (incluyendo la creencia en uno o más seres supremos) y de un inframundo (dominio ‘post-vida’) resuenan en la psique humana.


Conforme la ciencia exigía pruebas y evidencias, y el último bastión de la religión (occidental) venia a ser la creencia absoluta, la fe ciega se convirtió en el minotauro para ser degollado. La ciencia logró su propósito, pero mientras que el minotauro de la fe ciega, protector de dios y de la pos-vida, yace difunto, nos encontramos a la vez victoriosos y perdidos, extraviados en el laberinto de muros encriptadas de nuestra época, una época de crisis de verdad y de crisis de realidad, y por lo tanto de crisis de identidad y de significado.


Es importante revisar exactamente cómo llegamos a este estado crítico. Como Teseo entrando al laberinto para combatir la bestia-humana es muy probable que precisemos del hilo de Ariadna para retroceder nuestros pasos y alcanzar la seguridad de la salida. En el proceso, al descubrir la historia de nuestra patología, descubriremos que nuestra crisis no ocurrió solamente con el advenimiento de las ciencias, sino que fue catalizada por los encuentros multiculturales de nuestro Pueblo Global y asistida en gran medida por las crecientes disparidades socioeconómicas entre clases sociales y regiones políticas: disparidades de tal magnitud que en la naturaleza ocasionarían huracanes. Ciertamente las ciencias no pueden atribuirse la verdadera victoria; las religiones occidentales ante todo contenían las semillas de su propia destrucción al precisar de doctrinas absolutas y refutables como son la creación del mundo en x días, o la creación del ser humano en imagen y semejanza de Dios. Conforme el mundo se encogió experimentamos creencias contrapuestas a, y a veces rivales de, nuestras nociones del universo y de nuestro lugar en él. Al final, la derrota de la teoría monoteísta del convenio con un dios protector viene a ocasionarse tanto en las contradicciones y en las inconsistencias dentro de un mismo esquema religioso, como en sus incompatibilidades en comparación con otros esquemas igualmente apremiantes.


Es aquí, en ambos frentes – el de la inconsistencia interna y el de la incompatibilidad comparativa externa donde más daño ha sufrido la tradicional fe religiosa basada en el convenio monoteísta. En el siglo XIX y hasta mediados del siglo XX se llevaron a cabo esfuerzos, por medio de figuras como Carl Jung y Joseph Campbell, para superar el desorden de esta situación proponiendo perspectivas según las cuales todas las religiones del mundo de algún modo profesaban las mismas verdades. No obstante, estos intentos estaban predestinados al fracaso en espera a perspectivas más eruditas, y más objetivas, que nos revelaran los detalles, los hechos, y hasta las mismas premisas esenciales de las religiones individuales. De hecho, mientras que es cierto que existen grandes similitudes entre las tradiciones religiosas mundiales, son muchas, demasiadas, las incompatibilidades para poder ignorarlas. La creencia cristiana en ‘un alma’ para ‘un cuerpo humano’ es incompatible con las doctrinas hindúes de la reencarnación, y ambas se contradicen por la declaración del Buda de ‘anatman’ o de “no alma.” Para los judíos y los musulmanes, la idea de un hijo de Dios (tal y como los cristianos ven a Jesús) contradicen sus nociones sobre el monoteísmo: la Santa Trinidad es una violación fundamental de la doctrina de un solo Dios. Por otra parte, para el cristiano (católico o miembro de cualquiera de las más de cuatrocientas cincuenta denominaciones Protestantes) la divinidad de Cristo es central; rebate este punto y la integridad ideológica del sistema de creencias se disuelven como un castillo de arena ante la implacable marea.


Hasta ahora he argumentado que los orígenes de actos aparentemente irracionales tales y como los propios del terrorismo religioso fundamentalista, se pueden ubicar en la fricción psicológica y emocional entre la razón y la fe, entre las ciencias y la religión. Además, he afirmado que el aumento del multiculturalismo y de la comunicación entre las diversas y dispares culturas características del Pueblo Global ha traído consigo el contacto, y la oposición, entre creencias religiosas que antaño estaban confinadas a estrechas y exclusivas regiones sociopolíticas. Este sometimiento a esquemas trascendentales incompatibles aumenta la inherente incertidumbre propia de cualquier sistema religioso. En este sentido el dogmatismo rígido propio de los sistemas religiosos monoteístas occidentales – el judaísmo, el cristianismo, y el Islam – que profesan verdades absolutas se vieron mucho más afectadas que las tradiciones orientales, algunas de las cuales, como las diversas vertientes del Budismo como el Zen, se presentan como más factibles y adaptadas ante las necesidades psicológicas del ser posmoderno.


No obstante, para acabar de entender las crisis en las que nos hallamos no basta recurrir a la insolvencia del sistema internacional de creencias y de valores; hay también factores socioeconómicos y políticos adicionales por considerar para apreciar la compleja condición patológica propia del mundo actual. La trascendencia concierne a cómo nos relacionamos con el universo en una manera que extiende más allá de los límites de nuestra vida. En cuanto más se asemeja esta vida a un valle de lágrimas, más apremiante, y más psicológicamente indispensable se convierte la creencia en la post-vida. No es sorprendente, por lo tanto, que el fundamentalismo religioso Islámico y el culto a la Santa Muerte en México, sean ambos propios de las economías de tercer mundo, o de las clases sociales más desaventajadas del primero. Para aquellos de nosotros criados en el occidente y que han beneficiado de los cambios repentinos ocasionados por las ciencias y la tecnología, las cuestiones trascendentales puede que sean difíciles de reconciliar con la realidad que nos rodea, pero las conveniencias y las comodidades de nuestra existencia material nos ayuda a enfocar en el valor del aquí y del ahora – precisamente es por eso que el mundo occidental se lanza tan desesperadamente hacia el consumo material.


Pero para aquellos que se quedaron atrás por el cambio, para quienes cuyas circunstancias culturales o sociales permanecen propias de la Edad Media, el progreso científico y tecnológico es el enemigo que se plantea no solamente en un frente material externo, sino más significativamente en un frente espiritual o religioso interno. No es solamente la calidad de sus vidas que está bajo ataque, sino que es también la validez racional de su existencia en la post-vida la que está en jaque. Además, para los individuos del tercer mundo con una educación religiosa tradicional que quedan expuestos a los principios y a las teorías de las ciencias, la disonancia cognitiva es aun mayor ya que la nueva información sobre la naturaleza de la realidad que adquieren desafía a sus creencias – y con ellas a su identidad y a su concepto de la realidad y de la post-vida – desde sus mismos cimientos. Vemos por ahora al menos tres reacciones ante estas circunstancias, todas tremendamente peligrosas para la estabilidad del mundo occidental en general y para la seguridad de los Estados Unidos en particular: el terrorismo fundamentalista religioso (Islámico o cristiano), el culto a la muerte propio del nuevo movimiento religioso mexicano de la Santa Muerte, y el consumo masivo de sustancias estupefacientes.


Para la mente religiosa musulmana o protestante, rodeada de lo posmoderno, sometida a la depravación económica del tercer mundo o del “tercer mundo en el primero,” y desafiada por los valores de otras culturas, la tentación de la postura fundamentalista – el ceñirse a la verdad absoluta de sus creencias religiosas – ofrece un módico de seguridad psicológica por la cual merece la pena matar o morir y que inspira demasiadas veces reacciones violentas propias de un animal que se percibe acorralado. Los eventos trágicos del 11 de septiembre del 2001 hicieron presentes para el público americano e internacional las violentas y a menuda ignoradas facetas del fundamentalismo religioso. Ideas fundamentalistas en cuanto a la “verdad absoluta” chocan cada vez más y más con las nociones del “relativismo” o del “perspectivismo” propias del mundo posmoderno. En los mismos EE.UU. agendas políticas que surgen de movimiento teocráticos inevitablemente chocan, y seguirán chocando, con conceptos democráticos de la libertad de escogencia como en el caso de los derechos al aborto. Los proponentes del creacionismo que se adhieren a una interpretación literal y particular de un antiguo texto religioso, pretenden argumentar de igual a igual a favor de su visión mítica del mundo y en contra de la teoría evolutiva del mismo. Resultaría cómico si no fuese tan trágico: no contentos con intentar ganar posición en el debate libre de ideas, igualmente recurren a la violencia convencidos del mandato divino de su causa. Recuerden que la política del Destino Manifiesto y de la Doctrina Monroe son meras aplicaciones de la presunta favor divino del cual goza los EE.UU. (“In God We Trust”) que le otorga el derecho de imponerse a sus vecinos, especialmente a los de origen no anglosajón.


En México la repentina aparición y popularidad de la Santa Muerte, religión que cultiva la adoración a la muerte como deidad, acompaña la creciente oleada de violencia, de crimen, y de inestabilidad sociopolítica dominante en todos los estados del país – pero también presagia, evidencia, y representa la falta de creencia en un Dios efectivo. En México, donde el convenio social brilla por su ausencia, cada día se más pierde de vista en convenio divino. Categorizado recientemente por el JOE 2008 como un estado de posible colapso repentino debido precisamente a la impotencia y corrupción gubernamental, México ostenta casi un 40% de su población viviendo en condiciones de pobreza y un 10% en pobreza extrema. No debería ser sorprendente, bajo estas condiciones, que surgiera un culto a la muerte que sirviera como amparo tanto para los criminales, los policías, los militares y la población general. La Santa Biblia de la Santa Muerte afirma lo siguiente: “en México se vive la muerte y para la muerte.” La Santa Muerte es el amparo de todos aquellos que conviven con la muerte, es decir, de todos aquellos que viven con la inseguridad, que sufren la ansiedad de perder la vida en cualquier momento, y que a su vez viven bajos condiciones tan plagadas de angustia que nada de la vida merece veneración. Ante el filo del abismo nihilista los adherentes a la Santa Muerte se lanzan en picado hacia su propio ocaso. El terrorista fundamentalista religioso y el creyente en la Santa Muerte tienen algo muy peligroso en común para aquellos que benefician de una existencia en el aquí y el ahora: ambos creen firmemente que a través de la muerte van a lograr una vida mejor.


Pero la conducta patológica no reside exclusivamente en la irracionalidad de las acciones o de las creencias de ciertos individuos de acuerdo a sus ideales religiosos – como en el caso de aquellos que sacrificaron sus vidas para llevar a cabo ataques contra los EE.UU. el 11 de septiembre del 2001. La sintomatología de la neurosis, el patrón de síntomas característica del estado actual de nuestra civilización está plenamente difundida. Recordemos que la patología se muestra en la maldad de unos y en la estupidez de otros (o tal vez de ambas en los mismos). Ésta última – la estupidez – se manifiesta particularmente, por ejemplo, en la forma en la que los EE.UU. se niega a reconocer el peligro inherente a su propia seguridad ocasionada por la existencia de países de tercer mundo repletos de miseria económica tan próxima a – o colindante con – sus fronteras nacionales. La tremenda diferencia entre la riqueza económica de los EE.UU. y de tantos de sus países vecinos, notablemente México, metafóricamente forman dos frentes de enorme diferencial de temperatura y presión y da lugar potencial a una constelación de huracanes que amenazan batir, sino arrasar, a la seguridad física y psíquica de la última superpotencia. Estamos viendo el temporal manifestarse con la creciente oleada de violencia del narcocomercio mexicano en territorio americano.


También se muestra la estupidez en la forma en la que el primer mundo trata de escapar de la Verdad mediante el uso y abuso de sustancias intoxicantes como el alcohol, los narcóticos ilícitos o los narcóticos de receta. Recordemos que el consumo promedio de los EE.UU. de narcóticos ilícitos es más que el doble de la tasa mundial. Es decir, mientras que el fundamentalista religioso (Islámico o Protestante) contempla la destrucción del mundo confiado en que asumirá una posición privilegiada en el paraíso, y mientras que el mexicano venerador de la Muerte como dios decide negociar directamente con la misma como ‘causa’ (agente causante de su mortalidad) y como ‘destino’ (agente guardián de ‘la post-vida’), dejando como obsoleto el convenio divino, el norteamericano decide buscar el escape ocasionando su propia inconsciencia y progresiva, o repentina, autodestrucción. Los tres resultan ser respuestas o conductas netamente inadaptadas al mismo problema: la crisis existencial posmoderna. En todo caso el ser humano teme, más que nada, el efecto libertador de la Verdad que le impone una responsabilidad de acuerdo a sus capacidades intelectuales: escoge tu propia identidad, forja tu propia realidad. Espantado de lo que esto implica muestra su predilección por la destrucción propia y ajena. Aun en el caso del narcoconsumo, si tomamos en cuenta el adagio capitalista de la ley de la oferta y la demanda, el tremendo mercado americano no puede sino corromper cualquier país vecino que por necesidad socioeconómica se vea en la situación de ceder a las presiones de la economía capitalista y abastecer su insaciable demanda por producto estupefaciente. México y Colombia, entre otros, son el resultado de la narcoadicción americana, que a su vez amenaza también a la destrucción de los EE.UU. (Hay una “justicia poética” – un resultado en el cual el bien triunfa sobre el mal por medio de acciones indirectas – en evidencia en ese proceso.)


La patología, (llamémosla de nuevo por su nombre en este caso – la estupidez) también está presente en la medida en la que el gobierno americano rehusó seguir las advertencias de sus propios analistas de inteligencia que previeron con bastante adelanto los desastres que se ocasionarían con el seguimiento del Plan Colombia y los resultados de la exaltación de los carteles narcotraficantes mexicanos: un oficial senior del Programa de Estudios de la Seguridad Nacional (National Security Studies Program) y comandante de la guardia costera de los EE.UU. en su reporte de inteligencia del 2001, titulado “Apoyo de los EE.UU. por el Plan Colombia: Pensando Reconsiderando los Fines y los Medios”[3] predijo claramente los resultados desastrosos del plan Colombia junto con el resultado del presente fomento de los carteles mexicanos. El documento además añade que si la idea del plan Colombia se ‘vendió’ al publico americano con la intención de reducir la disponibilidad de la droga en las calles de America entonces la intención fue o “ingenua o embaucadora”. Es decir, ya en el 2001 el reporte predijo tanto el fracaso del Plan Colombia en limitar, olvidémonos de eliminar, el tráfico de cocaína proveniente de aquel país, como el privilegio de gastar centenares de miles de millones de dólares del contribuyente americano para contribuir al auge de los carteles de narcotráfico mexicanos y la creación de un tremendo riesgo a la seguridad nacional de los EE.UU.


La patología también (no se sabe esta vez si maldad o estupidez) se encuentra en la vista gorda que dieron muchos, demasiados, oficiales americanos para permitir que los eventos del 11 de septiembre transcurrieran en absoluto. Por ejemplo, según un reporte del 1999, los escenarios probables de un ataque por parte de Al Qaeda en retaliación por el bombardeo americano de sus instalaciones en Afganistán en el 1998, incluían estrellar aviones contra el Pentágono, la Casa Blanca, o el Cuartel General de la CIA.[4] Y sin embargo, miembros conocidos de Al Qaeda fueron permitidos entrar a los EE.UU., e inscribirse y entrenar en escuelas de aviación. Por lo tanto, declaraciones de shock y sorpresa promulgados por todos los niveles del gobierno americano que siguieron los eventos del “9-11” eran o una expresión de ingenuidad (léase estupidez) o un intento de embaucar al público americano y absolverse de su complicidad en la tragedia por negligencia criminal (léase maldad). La existencia del reporte de inteligencia publicado con dos años de anterioridad afirma que el desastre se pudo haber evitado, niega la posibilidad de alegar ‘sorpresa’, y afirma la responsabilidad negligente por falta de acción preventiva.


La patología (estupidez y maldad) también se manifiesta en el hecho de que los EE.UU., que continúa acogiendo a toda una serie de movimientos fundamentalistas terroristas (angloamericanos) cristianos en sus propias fronteras, se olvida de que antes del “9-11”, el ataque terrorista de mayor devastación en territorio americano se llevó cabo el 21 de abril de 1995 y no por un grupo fundamentalista islámico, sino por uno cristiano anglosajón: Timothy McVeigh. Es conveniente señalar que el mismo reporte de inteligencia del 1999 que anunciaba el ataque de Al Qaeda, continúa con la tradición americana de no designar a estos grupos anglosajones cristianos como terroristas sino como “organizaciones de extrema derecha” ignorando así la ideología fundamentalista y la retórica netamente violenta y completamente comparable a los movimientos islamistas del oriente medio y de Asia menor.


En un mundo en el cual el acceso a armas de destrucción masiva ha sido cada vez más facilitado por los mismos ideales de libertad que tanto valoramos, el error de no reconocer el riesgo que nuestra patología neurótica (maldad y estupidez) presenta constituye una clara e inminente amenaza a nuestra supervivencia como especie. Si como individuos, instituciones, comunidades, naciones, o culturas, tenemos la esperanza de comprender las fuerzas que mueven a seres humanos a adoptar posiciones extremas – de maldad, de estupidez, o ambos – y de cometer atrocidades contra otros seres humanos, entonces no tenemos que ir más allá de nuestro propio temor a la muerte y de nuestro apego a seres y a dimensiones empíricamente no verificables, ya que es en aquellos mismos recesos de la mente humana, donde yacen ambos la capacidad y el deseo de la experiencia trascendente, donde encontramos la raíz de nuestra patología autodestructiva. Sin duda alguna, conforme nos examinamos profunda y honestamente desde el ojo del huracán concluiremos que hemos visto al enemigo – y somos nosotros.



[1] Imagínense si se pudiera clonar cualquier órgano, cualquier tejido, hasta el cerebro mismo y por implantación quirúrgica evitar la muerte salvo en caso de accidente graves – ¿qué serían de las “religiones de post-vida” que se basan en promesas efectuadas “después del hecho”? Simple: perderían su vigencia a favor de tradiciones existenciales que enseñan, como el Zen o como MAMBA, como lidiar con los agentes estresantes del aquí y del ahora, como atribuir significado propio a la vida, y la importancia de saber escoger una identidad y de tomar responsabilidad por quienes somos y por lo que representamos.


[2] El nihilismo “es una posición filosófica que argumenta que el mundo, y en especial la existencia humana, no posee de manera objetiva ningún significado, propósito, verdad comprensible o valor esencial superior” (Wikipedia).


[3] “U.S. Support of Plan Colombia: Rethinking the Ends and the Means”, Stephen E. Flynn, mayo 2001.


[4] “Who Becomes a Terrorist and Why: The 1999 Government Report on Profiling Terrorists”, Rex A. Hudson, página 15.